|
El recuerdo es una de las más fascinantes operaciones de nuestra mente. Consiste en la recuperación de información conceptual y sensorial de nuestros almacenes de memoria a largo plazo, el retrieval de datos y perceptos, memorias de eventos pasados. El reduccionismo primitivo pero eficaz de la psicología cognitiva nos presenta el maravilloso fenómeno del recuerdo como una transferencia de bits de una caja a otra de nuestro sistema de memoria, susceptible de interferencias con otros materiales o, como piensan algunos, de simple olvido por desvanecimiento de "huellas".
Como afirman otros teóricos, el recuerdo parece depender también de "pistas", información que usamos, como una llave, para acceder a los recuerdos, y evocarlos. Y en verdad esta hipótesis posee un fuerte atractivo, pues parece en ocasiones que la calidad de nuestras reminiscencias dependa en parte de la fuerza que empleamos en recuperarlas, despertando nodos cercanos, paso a paso, hasta que tenemos rodeado el recuerdo deseado.
Sin embargo no todo parece tan sencillo como imponer al almacén A que pase datos al almacén B. Nuestro cerebro es una estructura orgánica, flexible, analógica, no algorítmica. No posee un bus de datos tan eficiente como el de una máquina Von-Neumann, y la memoria a largo plazo se basa en mecanismos extremadamente sutiles y fuzzy, muy diferentes a los empleados en las memorias de silicio. El perfecto cuadro mnemónico de un ordenador, en el que todas las partes tienen igual importancia, es el triunfo de la sintaxis y de la calidad, pero es una imagen a-semántica, vacía en significado y relevancia.
Nuestra memoria, por otro lado, parece organizarse totalmente en estructuras de significado, y lo sensorial se mezcla con conceptos y motivaciones, metadatos diría un programador, cuyo altísimo valor hay que buscarlo en la supervivencia. Muchísimos de nuestros recuerdos son pues borrosas situaciones deformadas por el resto de información que poseemos, representaciones casi siempre distintas de un solo evento físico.
Me asombra pensar que el recuerdo de, por ejemplo, una cerveza, nace de la interacción de una red de neuronas. Descargan estas sus potenciales en un patrón único, y los recuerdos concernientes la bebida espumosa se aglomeran en la memoria de trabajo, en el lóbulo frontal, fluctuando en una metamorfosis de ejemplares y sensaciones, a su vez conectadas con eventos en los que la cerveza intervenía como elemento contextual. Y de repente me concentro en una cerveza prototípica, una cerveza modelo, creada a partir de generalizaciones y distribuciones de probabilidad - tal vez esas ponderaciones conexionistas que Ctugha considera esenciales para toda actividad low-level.
Y sí, es fría, dorada, llena de burbujas, con su espuma blanca, un delicioso sabor virtual que no consigue ser tan vivo y efectivo como el auténtico. Bebo una cerveza en mis recuerdos, gracias a la actividad emergente de una serie de sinapsis. Y surge, en algún espacio de mi mente que me atrevería a llamar conciencia, una clase de "teatro cartesiano" construido a base de energía electroquímica, microvoltios que se propagan gracias a pequeñas membranas y equilibrios osmóticos de sales minerales. Y saltan, éstos, gracias a aminoácidos y hormonas, neurotransmisores y neuromoduladores, pequeñas moléculas que se encargan de abrir canales microscópicos, aparentemente de forma azarosa, estocástica.
Es un hecho asombroso, un fenómeno que no cabe en las cajas de los fríos modelos cognitivistas. Y aún el wetware neuronal, en todas su incomprendida complejidad, se queda corto al dar explicaciones del recuerdo y de por qué las sensaciones son así y no de otra manera. ¿Por qué el azúcar sabe a azúcar? ¿Cómo surge la sensación de dulzura? No lo sabemos, y posiblemente no nos importe saberlo. Es un problema demasiado complejo, y nuestras herramientas, aún siendo eficaces, se quedan cortas ante lo que los filósofos llaman qualia, unidades de sensación, aspectos de nuestra vida mental accesibles a la introspección, pero imposibles de hacer operativos.
¿"Emergerán" los qualia en los futuros superordenadores y sistemas de inteligencia artificial que construiremos? ¿Llegaremos a construir máquinas tan complejas que al encenderlas sientan dolor, placer, y otras sensaciones inexplicables? ¿Qué consecuencias puede acarrear la presencia de qualia en una máquina? ¿Desarrollarían un sentido estético? ¿Arte? ¿Poesía? ¿Se emocionarían por una puesta de sol? ¿Cometerían errores, como nosotros, impulsados por el deseo, y la debilidad de nuestra carne carbónica?
¿Sentirían, como yo, el deseo de volver a besar, para sentir el calor lleno de un par de labios?
|