Vista lateral de una hembra de Brachythemis Fuscopalliata - Foto tomada con Sony DSC-P71

Esta mañana, en la piscina, un gran insecto flotaba sobre el agua transparente, bajo el sol. Se trataba de una hembra de Brachythemis fuscopalliata, especie del grupo de las odonata, de la clase insecta, filo arthropoda. Una libélula, vamos. Una especie protegida, creo.

Flotaba tranquilamente, como todo semi-cadáver que se precie. Antes de tomar semejante bicho con la mano me lo pensé un rato. No me gusta despertar cosas que emiten desagradables zumbidos de alas y vuelan a gran velocidad alrededor de la cara. Pero lo hice. No se movió. La saqué de la piscina y la apoyé en el borde de hormigón y piedrecillas. El alargado abdomen se contraía de forma rítmica; las cuatro alas, ligeras y de fascinante estructura, se dejaban acariciar por la brisa.

Dos ojos de alienígena, enormes, verdes y pálidos como jade, muertos, contemplaban quién sabe qué. Le di la vuelta: de repente, sacudió las patas, replegándolas sobre su torso, como todo insecto antes de morir, en una especie de oración refleja. Tal vez hubiera alcanzado las aguas cloradas de la piscina por error. Eligió quizá un lugar húmedo para terminar su vida, rauda y libre. No lo sé. La psicología de las libélulas se escapa a mis conocimientos.

Al cabo de media hora ya no daba signos de vida. Durante algunos segundos, un infantil brote de sadismo me llevó a buscar con la mirada alguna columna de hormigas, que con despiedada eficiencia hubieran reciclado el grueso cuerpo de la Brachythemis en pocos minutos, bajo la atenta mirada de un gigantesco ser manipulador. No encontré ninguna, y mis circuitos de ética empezaron a activarse, sofocando el alegre fuego de una curiosidad cruel.

Deposité finalmente el cuerpo encima de una vulgar mesa de plástico, y abandoné el lugar. Me pregunto todavía si he cometido un error, atribuyendo a un insecto una emotividad de mamífero, derechos arbitrarios que sólo concedemos a seres de sangre caliente. Incapaces de alcanzar un equilibrio, los humanos perdonamos o condenamos otras formas de vida mediante arrebatos volubles e irreflexivos de clemencia o ira.

Es inevitable, al parecer. Algo en nuestro hardware nos impone, como las leyes de la robótica asimovianas, conservar la vida de aquellos seres que despiertan en nosotros antiguos patrones de supervivencia, y eliminar la de aquellos que evocan, por otro lado, peligro. La libelula no había conseguido inspirar en mi la más mínima piedad. Su extraña belleza, o su parda fealdad vibrante, no hicieron mella en mis emociones. No puedo empatizar con un insecto.

¿Sólo los más hermosos y agradables sobreviven a nuestra ira?



# - Escrito por Fabrizio el 2003-08-16 a las 19:04


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