"Esta es la historia de aquellos que perecieron en Al Campo de batalla."

Supermercados. Hipermercados. Grandes superficies. Grandes almacenes. Cajas. El paraíso y el infierno del consumidor, juntos, en enormes naves comerciales, rodeadas por miles de plazas de aparcamiento, luces navideñas que iluminan la noche, música impersonal que se repite hasta la saciedad, mensajes publicitarios escupidos por los altavoces internos, como ordenes subliminales en un campo de concentración capitalista.

Este suplicio me gusta y me aterra.

Porque en verdad se trata de una emocionante hazaña. Todos los buenos cristianos se amontonan los sábados por la mañana a comprar en estos lugares de perdición. Como un manso rebaño de ovejas, la gente se deja llevar, penetra en el matadero de su bolsillo y, allí, se pierde. Lo que en un principio eran "cinco minutos para comprar agua y azúcar" se traducen, de repente, en dos horas y media de paseo entre estanterías, y un desembolso no inferior a los sesenta euros. El supermercado está pensado para alargar el dolor y el sufrimiento, para empobrecer a las masas y dominarlas.

Llega el comprador típico con su autovehículo, y busca una plaza de aparcamiento: tarea complicada, pues las plazas libres son pocas, las calles de tránsito rebosan de antropoides. Aparcar sin matar, he ahí el gran dilema. Tras posicionar el coche en un lugar decente, topas con un yonki pidiendo monedas para un bocadillo. Le das un bocadillo. El yonki te envía a tomar por culo. Realmente la gente no sabe lo que quiere. Y así, más perplejo que enfadado, intentas obtener el símbolo de máximo poder y estatus social: el carrito de la compra.

El carrito de la compra de un supermercado es una especie de jaula metálica, llena de herrumbre, que se obtiene mediante el encaje una moneda de un euro. Sus ruedas son un accesorio meramente estético, y para controlar un carro en su trayectoria hace falta un hyperdrive y algunos oficiales de la marina galáctica (pues un carro lleno de artículos adora la inercia de forma casi diabólica). Dentro de cada carro suele haber una o dos sorpresas, como bolsas de plástico, viejos catálogos, niños abandonados, y verdura podrida. La barra de plástico del carro, que sirve para empujarlo, es una fértil colonia de suciedad y bacterias; algunos han intentado el suicidio lamiéndola. Algunos carros, pocos, llevan una especie de soporte para niños o bolsos - pues los niños adoran meterse dentro del carro de la compra y sentirse, por unos instantes, imbéciles temerarios.

Ahora que posee un carrito de compra, el consumidor siente el optimismo y la euforia de aquél que todavía no conoce su triste destino. Atravesando sagradas puertas de apertura automática, un chorro de aire acondicionado que apesta a jamón le da la bienvenida, como en El Paraíso según Oscar Mayer. Para alcanzar la entrada, el consumidor debe atravesar una extensa galería comercial, dotada normalmente de servicios tan indispensables como:

� Una peluquería
� Una peluquería canina
� Una tienda de animales sin animales
� Una joyería
� Dos tiendas de gadgets y lámparas de lava
� Una tienda de golosinas
� Una guardería (para los niños)
� Un prostíbulo (para los mayores)
� Una tienda de gafas
� Una zapatería para mujeres
� Un par de bares de tapas
� Una tienda de periódicos
� Cajeros automáticos sin dinero

Sorteando columnas, otros carritos, vendedores de enciclopedias, payasos mascota que no hacen gracia, guardias de seguridad que pasean con una vieja automática Astra que no dispara desde hace quince años, más yonkis, niños que corretean alegremente por el averno, alemanes haciendo picnic y demás fauna típica. Con suerte, el consumidor llega sano y salvo a la entrada, custodiada por una gentil guardia de seguridad con sobrepeso que, al ver que llevas bolso, se acerca con cara de pocos amigos.

"Tiene usted que sellar el bolso al vacío o dejarlo en taquilla", dice.
"Pero si todos vuestros artículos llevan banda magnética... y hay cámaras. Oiga, que yo necesito mi bolso"
"Lo siento, así funciona nuestra política de seguridad", insiste.
"Váyase a la mierda, ¿acaso tengo cara de ladrón?", te gustaría decir. Pero en realidad lo que dices es:
"¿Puedo hablar con el director o el maxi-presidente general, o quien lleve el chiringuito éste?"

Y de repente la guardia de seguridad, empleada temporal, siente un frío miedo trepar por su espalda. Después de diez minutos llega el director del centro comercial, un tipo con camisa y corbata, delgado, gafas Armani. Para él todo debe ir sobre ruedas, el cliente siempre tiene razón: escupe una serie de razones como si fuera una presentación en Powerpoint, mira la otra de forma indescifrable y luego deja entrar al pobre poseedor de bolso, como si nada hubiera ocurrido. Mientras tanto, un gitano está saliendo a dos metros de distancia, comiendo algunos bollos que ha pillado en la sección de pastelería.

Con el humor hecho trizas, el cliente sigue su periplo infernal. El antro pecaminoso empieza por los artículos de menor necesidad: cámaras de fotos, una selección pobre de ordenadores, libros de bolsillo y de cocina, algunas bicicletas de Taiwán, posters de Pamela Anderson y Tolkien, sección de jardinería, alfombras, bombillas, limpiaparabrisas. La sección de accesorios para el coche no lleva cámara de seguridad, y sin embargo es el lugar donde la mayoría de ladrones quita el código de barras de los productos. Curioso.

Para llegar a las estanterías de agua, azúcar, y demás ultramarinos indispensables, hay que recorrer cien metros, debajo de enormes lámparas de sodio, saturando el oído con ofertas ofertosas de pescado y marisco, y sorteando los demás carros. Las mujeres suelen perderse a la altura de la sección textil, internándose en probadores de escasa calidad. Los hijos menores, se pierden en la sección de juguetes, llorando como posesos por un muñeco de plástico tóxico. Los hijos mayores, se pierden por otro lado en la sección friki-techno, o en la de discos y libros. El supermercado rompe la familia, la descompone. Luego toca ir a caja central y dejar que la pava de turno mencione el nombre del hijo por el interfono. En tales casos, hace falta tener un nombre eufónico, so pena de convertirse en un hazmerreír:

"Casimiro Monfort, acuda a caja central por favorrrrr"

Y el pobre Casimiro no se acerca, porque le da vergüenza hacerlo. Dos mil personas que de repente ven al cretino de Casimiro, que se había quedado ensimismado mirando el DVD de Shrek sentado en el suelo. La mejor forma de olvidar el asunto es echarse en una gran nevera para congelados y despertar después de un puñado de siglos. Y por algo así uno pierde a un hijo. La vida es cruel. Pero todavía no ha terminado esta odisea. Oh no.

El carro ya se desborda con miles de objetos. Deshidratados, nuestros héroes acuden a las cajas, sólo para descubrir que todas están llenas, y con cola. Una cola interminable. La llamada Caja Rápida, es la más lenta de todas. Las cajeras, todas con su anillo de casadas y su maquillaje agua y jabón, pasan los códigos de barras con pereza, y la cinta transportadora, pringada por sustancias que sería mejor no mencionar, arrastra de todo. Llega finalmente tu turno, pero no antes de que uno de los hijos haya visto un pack de chicles en uno de los mostradores terminales. O un conejito de Duracell. Me cago en la mar.

Has llegado a la caja. El fin está cerca. La cuenta crece. La hábil cajera hace ella misma los bolsos, metiendo el pan junto a la lejía, gran mezcla, sí señora, es usted una artista. Bip, bip... ups. Un artículo no pasa por el lector. Digita el número. Media hora. Tampoco. Llama Caja Central y se desactiva, pasando a un estado de standby. Llega una pava con patines, dice el precio, y todo se reanuda. Suspiros de alivio en toda la cola. Alguien quiere aplaudir. Se oyen gemidos de llanto y conmoción.

"200 euros. ¿Tarjeta o al contado?"

Mejor al contado. Porque la mayoría de veces los lectores de tarjetas no funcionan, y podríais dar la falsa impresión de que habéis caído en desgracia recientemente, como en esas películas de Wall Street con ejecutivos que pasan de ricos a miserables en dos horas. Estáis a punto de pagar, de alejaros de allí a toda velocidad, saliendo del parking y del infierno, cuando, de repente, un hijo vuelve a pasar por el escáner con su juguete. Salta la alarma, ensordecedora. La cajera llama a seguridad. Ni siquiera os mira a los ojos. Llega el guardia.

"Sígame a caja central, por favor"
"Oiga, que el juguete ha sido pagado. Mira, está en el ticket"
"Sígame, por favor"

De improviso sientes el deseo de pillar la cabeza de la cajera, apoyarla a la cinta transportadora y pisar el botón de aceleración hasta cambiar el color de la cinta de negro a rojo oscuro. Y acto seguido, empujar el carro de compra contra la pelvis del guardia, haciéndole caer sobre el suelo de linóleum, aplastándole luego los huesos con una gran sandía que había costado tres euros. Y la paz se convierte en anarquía, y los pueblos se rebelan, y la luna se tiñe de sangre, y el día del gran saqueo final se cumple. Pero nada de eso ocurre: sigues al guardia, le explicas el malentendido, y después de haber tirado otra media hora, sales a buscar el coche. Alguien lo ha robado.

Los supermercados son magníficos.

# - Escrito por Fabrizio el 2003-08-19 a las 17:08


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Comentarios

1
De: joel Fecha: 2006-03-08 23:16

bueno muy bueno



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