Viajar es maravilloso, mientras se tenga suficiente dinero.
Un millonario tiene relativamente pocos problemas a la hora de viajar. Pero yo no soy un millonario, sino un pobre. Y los pobres tenemos que conformarnos con los sistemas de transporte tradicionales. Como las autopistas, por ejemplo. Largas, eficientes, modernas, el orgullo de Europa. Carísimas lenguas de asfalto llenas de sorpresas.
Ayer llegué al hotel en un estado misérrimo. Catorce horas de viaje desde Castellón hasta Modena, mi tierra de origen. En España, todo bien: un tramo relativamente conocido de costa oriental. Y, obviamente, la desagradable sensación de dejar atrás tu casa, las agradables hileras de naranjos de la Plana, las playas de la Costa de Azahar, las ciudades caóticas y acogedoras, los bares de tapas, la cordialidad sencilla de los valencianos...
Pasamos por Francia. Hay algo así como una docena de peajes: en algunos se usa tarjeta, en otras el Telepass - una especie de aparatito que te deja pasar por radiofrecuencia y luego te envía la factura a casa, y en algunos peajes hay que echar monedas en una cesta (debajo de la cual, supongo, se oculta un enanito). Los franceses parecen corteses. Paramos en un área de servicio y allí encontramos las típicas baguettes y croissants, agua Evian y zumo Orangina.
Las áreas de servicio en sí son el símbolo de la vida en la autopista, y de la vida del viajero on the road, que me parece - vista a posteriori - una auténtica mierda. Las áreas de servicios, o autogrills, son una especie de purgatorio para el viajero, dotados de aparcamiento semi-vigilado, gasolineras con cola, y un restaurante-bar con tienda anexa cuyos precios son prohibitivos. La calidad de la comida haría llorar incluso a un norteamericano.
Lo interesante es también observar la humanidad turística y viajera de Europa. A quien me diga que los españoles no son elegantes, le parto la cara: visto lo visto, son los más limpios, educados y mejor vestidos de Europa. Sólo hay que ver a los italianos, mis compaisanos, para ver que Armani es, en realidad, una excepción: actitud chulesca, ropa improbable, faja o bandana en el pelo, a modo de pirata chapucero, gafas de sol de dudoso gusto. Y las mujeres, tacones de aguja. Con pantalón corto. ¿Os parece normal?
Los alemanes, por otro lado, se reconocen fácilmente por sus calcetines subidos y con sandalia, y por el flequillo gitano que llevan los rubios hijos de Europa central - nadie sabe porque se lo dejan. Aterrado por estas visiones infernales, decidí alejarme a toda prisa del lugar. Tuvimos que atravesar la costa de Liguria, otro infierno dantesco. Liguria es una región muy pintoresca: algunos la encuentran hasta bonita: trátase de una zona en la que los Alpes encuentran el mar Mediterráneo. En medio está Liguria. Y dentro de Liguria, una autopista que debe atravesar más de cien (sí, cien) túneles distintos. No apto para claustrofóbicos.
Ahora estoy en el hotel, aprovechando una conexión chapucera de tipo rural (¡marcado por pulsos!). Anoche algunos fueron testigos de mis desesperados intentos de conexión. Por si fuera poco, el móvil cambia de red cuando le da la gana, y debo vigilar que no haga tonterías. Al pasar de España a Italia, éstas fueron las transformaciones:
Vodafone -> SFR -> Orange F -> TIM -> I Wind -> Omnitel Vodafone
Cada una seguida por dos o tres mensajes de publicidad, y la eventual imposibilidad de ejecutar llamadas salientes o enviar mensajes. Mi hermano, que tiene un móvil con contrato, todavía no ha podido establecer conexión con la Red. Pero creo que se debe al hardware, es un mierdoso móvil LG que ha estado dos veces (sí dos) en el agua. Y todavía funciona. O eso creo.
En fin, a ver si consigo enviaros más fotos de mi tierra, junto a jugosas noticias.