Tengo ganas de revolución. Es una necesidad, casi fisiológica, de cambio. Se transmite, como una convulsión, desde los pies hasta la cabeza. Una ola eléctrica, un impulso irresistible a actuar, una explosión de sentimientos de ira, indignación y cansancio. Apoyo con rabia las manos sobre la pared de hormigón que me separa de un mundo mejor, mi mundo, el que quisiera ver materializado. Le pego un puñetazo, haciéndome daño en los nudillos del alma. Grito, lloro, araño, pego patadas. Sé que no puedo conseguir nada, pero eso no puede calmarme.
Entro en un supermercado cualquiera, ¿y qué es lo que veo? Comida en lata, para gatos. Salmón con finas hierbas. Atún del Mediterráneo. Ternera y pollo en gelatina. Exquisitas carnes enlatadas para darle de comer a un felino que podría - debería - conformarse con lo que come su dueño. Vuelvo a casa, enciendo el televisor y, sí, hay publicidad de comida para gatos. Publicidades absurdas, patéticas, y que me provocan un enfado estelar.
En un refinado loft, una modelo descalza se arrodilla sobre una magnífica alfombra para darle a un soberbio gato de ojos amarillos una lata de comida exquisita. El gato se acerca, husmea y mira a la dueña. Esta guiña el ojo con complicidad, como si el gato fuera su marido, o algo mejor. Y yo me quedo mirando la publicidad. Y después, aprieto el puño. Y lo único que se me ocurre es: "Joder, aquí hay algo que no funciona, ¡esto no puede ser verdad!".
Lo sé, sé que no es para tanto. Que la carne que ponen en esas latas no es de calidad, sino todo lo contrario. Que detrás de esa comida hay historias aterradoras. Que, a pesar de todo, las publicidades no son un reflejo fiel y real de la sociedad. Pero a mí, todo eso, me trae sin cuidado. Estoy más que irritado, y es algo que cualquier ser humano debería llevar dentro de sí desde el momento en que posee suficiente capacidad de juicio.
Somos un hatajo de cobardes, una generación de niños que no saben luchar, faltos en asertividad y proyectos. Una cohorte de ciegos que viven el día a día como hedonistas crepusculares, nihilistas, integrados, derrotados. No sabemos lo que es el sacrificio y sólo intuimos lo que realmente significa el dolor cuando todo nuestro mundo se desmorona. Invocamos ayuda como bebés pidiendo su chupete. La responsabilidad se diluye, y la sociedad moderna crea alrededor de nosotros un cerco efectivo, una camisa de fuerza aterciopelada de la cual no podemos - no queremos - liberarnos.
¿Qué tiene que ver la comida para gatos con esta pulsión mía? Tiene que ver: la comida para gatos es el símbolo del capitalismo absurdo, un sistema contra el que deberíamos luchar. Pero ya se sabe que cambiar el mundo es tarea difícil, y que las utopías mal se llevan con la realidad. Y cuando encuentro conocidos que con alegría hablan de rebelión y cambio, con su piercing, la camiseta del Che, el pelo pintado, la A de anarquía en su mochila, esa especie de mantel palestino alrededor del cuello... tengo la impresión que seguimos la pista equivocada.
Diría, en último análisis, de que se trata de una adhesión ficticia a ideologías que nadie desea abrazar por completo. Ya ni siquiera se habla de ideología, sino de estética ideológica. Los grupos se reconocen por su ropa, tribus urbanas que se parecen todas en su conducta y su forma de pensar. El pensamiento político ya no existe. Si es que alguna vez hubo algo de eso, claro. Me gusta pensar que sí. Ahora... bien... todo se reduce a llevar camisetas y gritar canciones. Magnífico. Dabuten. Estamos salvados.
Saber que el futuro de este planeta depende de una generación de pseudo-rebeldes pop, colaboracionistas, reprimidos y esclavos de gatos, es decir, nosotros, es un pensamiento que me aterra y me llena de congoja. Todavía sabemos enfadarnos y pegar patadas, mas estamos olvidando lo más importante: pensar de forma crítica, y actuar en consecuencia. Ser nosotros mismos y ser un grupo, un grupo verdadero. Reclamar derechos con todos nuestros recursos. Sustituir la rebelión refleja por la revolución reflexiva. Protestar, con o sin el silencio, de forma inteligente. No olvidar, o mejor dicho, querer recordar.
Mientras tanto, la publicidad de la comida para gatos, sigue.
[Escuchando "Marouette Jam" - Marillion]