Si todo va bien y según lo previsto, este año debería terminar la carrera, y convertirme en un flamante licenciado en psicología. Lo que me depara el futuro, lo desconozco. Tal vez un doctorado en el extranjero, un master, el PIR, una consulta privada, o incluso un trabajo no relacionado con mi área de estudio (por ejemplo, ejem, diseñador web o programador). Tanto da: primero tengo que superar el último año de carrera, el cuarto, lleno de créditos de libre configuración y asignaturas más o menos inútiles.
Puede que resulte más complicado de lo previsto, pero soy optimista, y confío moderadamente en mis capacidades. Lo que sé es que el viaje se presenta, en parte, desagradable. Será el cuarto año de estancia en un sistema universitario que, pasito a pasito, uno se acostumbra a odiar; donde los buenos docentes son una excepción y la infraestructura, a menudo, deja mucho que desear. Tal vez, si los docentes recibieran mejor sueldo, pongamos por caso, el de las universidades de los EEUU, se lo currarían un poco más. Pero no estoy tan seguro.

Fundamentalmente porque no estoy tan seguro de como han sido seleccionados la mayoría de ellos.

Pero ese es otro tema. Desde que uno llega a la carrera, topa con todo tipo de profesor o profesora. Uno aprende a desconfiar de los docentes aparentemente simpáticos y afables, a los que se le nota la sonrisa falsa, la mirada vítrea y muerta, la máscara manipulatoria. Y aprende a desconfiar también, porque no, de los que nunca vienen a clase, o no se presentan a los exámenes. De los que no asisten a las horas de tutorías, que no contestan los e-mails (si es que saben usarlo), o que no dejan apuntes en reprografía. Los pasotas y los escurridizos, en una palabra. La categoría de los bastardos, por otro lado, es harina de otro costal: esos se reconocen enseguida por lo que son, y hay que soportarlos.

He sido delegado de curso todos los años, y ha sido siempre, invariablemente, un suplicio. Poner exámenes, cambiar fechas, dialogar con personal docente que tiene otras cosas en la cabeza, y escuchar pacientemente las quejas de compañeros que aparecen por arte de magia dos días antes del examen para decirte que esa fecha no le gusta. Hay que tener paciencia, porque todos tienen razón. No olvidéis que soy un diplomático estúpido... El caso es que algunos profesores y profesoras, se salvan de la mierda general. Hay que tener mucho ojo para distinguirlos. Diría que el buen profesor reúne las siguientes características:

- Siempre mantiene la seriedad y el respeto
- Se ríe sólo cuando es necesario
- Recuerda a los alumnos que las tutorías existen
- Les proporciona el e-mail y lo usa
- Exige bastante, pero también da bastante
- Sus exámenes se los curra
- Los trabajos los corrige él, no un becario
- Deja anotaciones útiles en los trabajos
- No se hace el "amigo" - eso es discriminatorio
- No humilla a los alumnos
- Intenta que todo resulte interesante
- Valora el esfuerzo personal

¿Es un cuadro imposible? ¿Pido demasiado? No lo creo. He conocido docentes que se acercan bastante a este retrato. Con ellos he disfrutado mucho: he sentido que el esfuerzo que hacía no era en vano. Que la nota recibida era justa y correcta. Que los contenidos impartidos merecían la pena ser ampliados y repasados. Cuando hay feedback, lo hay todo. Se puede participar en la clase de forma relajada sí, pero sin llegar a la estupidez. Debate inteligente. Crecimiento. Eso es lo que quisiera ver este año: crecimiento como diálogo de opuestos, resolución de un conflicto dialéctico, desarrollo posible desde el punto A hasta el B. Quiero que se me estire hacia el objetivo mientras yo tiendo hacia él.

La universidad no son sólo profesores, sino también alumnos. Y también personal auxiliar, cuyos nombres uno llega a memorizar en el día a día. Todo esto convierte la universidad en sitio supuestamente más humano y cálido. Pero yo tengo pocas historias de este tipo para contar, pues mi estancia tampoco ha sido demasiado larga, y el contacto con mis compañeros ha sido más bien esporádico. Si queremos decir toda la verdad, en psicología, el 80% de alumnos son zombis. Creo que Ctugha y yo somos de los pocos estudiantes frikis de psicología entre los muchos que pululan por ahí...

En la universidad, lo que se adquiere, es una mentalidad. Una mentalidad de física, o una mentalidad de psicólogo. De biólogo o de geóloga. De ingeniera o de médico. Exceptuando tal vez algunas carreras en las que las asignaturas no pueden olvidarse, so pena de ser eliminado en un desatomizador, el contenido es lo de menos. Se llega a pensar, idealmente, como un profesional de esa área del conocimiento que se ha elegido. A manejar un vocabulario, a moverse en ambientes y en bases de datos típicas, a buscar información en manuales y libros adecuados. Uno se hace con una idea, con un índice de argumentos base y un puñado de nociones introductorias. A partir de ahí, el resto depende del estudiante. Nadie regala nada, por lo menos en España. Lo que uno aprende de verdad, lo aprende por propia cuenta y por propio interés la mayoría de veces.

Bueno, lo dicho: a seguir estudiando.

[Escuchando "Towards the Unknown" - Mission to Mars B.S.O. (Ennio Morricone)]

# - Escrito por Fabrizio el 2003-09-04 a las 02:06


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