Ya lo sabéis, uno es geek, e imagina en sus fantasías nocturnas que vivir solo en un piso debe ser algo tan sencillo como pernoctar en un libro de Tolkien, o ducharse en la nave Enterprise. No es cierto, obviamente. Porque sólo un hobbit puede envolverse en su capa y conseguir dormir tranquilo debajo de un árbol. Y sólo un montaraz tiene barba de dos días después de dos años sin afeitarse. Y únicamente en la Enterprise las habitaciones se arreglan solas. Y la comida, se cocina como por arte de magia sólo en los libros de Harry Potter.

El mundo real es mucho más duro.

Cuando uno vive solo descubre que la entropía conspira contra él y contra todas las amas de casa de este planeta. Es facilísimo convertir un piso en una cueva: es suficiente con estar en él una semana entera sin limpiar. El polvo se acumula por doquier, y el suelo empieza a parecerse peligrosamente a una pista de carruajes del Salvaje Oeste. Olvidar algo tan esencial como abrir las ventanas a intervalos regulares puede desencadenar el "síndrome del submarino", típico de aquellos marineros de las profundidades que se ahogaban en sus propios pedos.

Debajo de muebles y sofás se acumulan los conocidos "gatos", que no son los animales domésticos a los cuales estamos acostumbrados, sino grumotes de polvo e hilos que se juntan alegremente y fluctúan por la casa a gran velocidad. Y dale con escoba, mopa y aspiradora, hasta quitar toda la mierda que recubre el gres. Y luego, un vistazo al baño, donde la cal se ha apoderado de la ducha, convertida en reserva protegida de mosquitos. El inodoro asume entonces el papel - higiénico - de director de una orquesta escatológica, y el bidet se lleva el de solista.

Mención aparte para la cocina. Y no tanto por el tema de la basura, que hay que aprender a separar en doce cubos diferentes (uno para el papel, otro para el vidrio, otro para lo orgánico, otro para el plástico, otro para la propaganda electoral, etc.), sino por el fundamental acopio de materia orgánica que se da cita allí. La nevera hay que vigilarla constantemente, pues si caduca algo, el día de mañana toparemos con medio tomate mohoso y un bote de mayonesa con salmonelosis. El poyo y la vitrocerámica se pringan en un abrir y cerrar de ojos. Los platos... bueno, lavarlos es un arte. Hay que aprender a lavar cada pieza con su táctica, so pena de dejar marcas o de rascar el teflón de las sartenes - creyendo que estaban "chamuscadas". La dosis de detergente es importantísima, y el enjuague, algo ritual.

Si se dejan los platos sin lavar durante una semana, la grasa adquiere conciencia propia, y al cabo de medio mes ya es capaz de jugar a bridge. Lo comprobé yo mismo. Cuando lavé el último cuenco, sentí un nudo en la garganta, pero poco podía hacer para salvar la grasa inteligente. Me dedicó una última mirada burbujeante y luego se tiró por el desagüe.

Que no se nos olvide el lavado de ropa. La ropa sucia es muy apta para obtener caldos durante épocas de hambruna, pero por lo demás, huele a tigre - y más cuando el que escribe esto emite las feromonas de un gorila macho dominante "silverback". A lo que iba: para aprender a programar la lavadora se necesita cursar un master de hidrodinámica y química industrial en el CalTech; siempre falla algo, o sale agua, o el programa se para misteriosamente porque a la rosca le faltaba una micra para hacer click. La cantidad de los detergentes y el tipo de lavado es un arcano que jamás lograré descifrar. Yo creía que iba a ser algo tan sencillo como meter la ropa en agua y echar gotas de Mimosín: pero lo único que se consigue con eso es desteñir, encoger y finalmente desintegrar las prendas. Son más delicadas que una sonrisa de Zapatero.

El no va más es tender, planchar y hacer la cama. Tender es divertido la primera vez, con las pinzas de colorines que se caen cada dos por tres, el tendedero de aluminio que se balancea y las prendas que se ensucian al tirarse de la cesta. Pero luego se convierte en una especie de tortura masoca. Ésta, deja paso a la ceremonia del planchado, en la que el novicio quema primero un calcetín, y luego una camisa entera. Solución: planchar lo mínimo indispensable, que lo importante es ir limpios. Ir arrugados, sólo si no se trata de una entrevista de trabajo (en cuyo caso pediremos ayuda a nuestra experta madre - que para algo somos sus hijos, ¿no?). Al terminar el día, uno resuelve hacer la cama. En realidad, no la hace: espera y espera hasta que ya no puede más - hasta que la cama no tiene el aspecto de una sábana santa, con nuestra sombra impresa en la almohada.

Al final, con un poco de suerte, uno puede incluso dedicarse a vivir dentro del piso.

# - Escrito por Fabrizio el 2004-03-18 a las 01:00


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