A raíz de esta historia de Walky, que habla de profesores y de la calidad de los mismos, esta mañana os voy a hablar un poco de la evaluación de la docencia universitaria, tema importante, quizá no lo suficiente. A modo de introducción no estaría de más leer mi viejo post "Taxonomía de Profesores Universitarios", en el que, cariñosamente, los reparto en diferentes categorías ontológicas.

Es un deber de cualquier gobierno velar por la calidad de la enseñanza, porque de ella depende, en último término, la calidad de los ciudadanos que han pasado por ella. Y es más que evidente que un país no puede progresar ni considerarse a sí mismo en la vía del progreso si no cuenta con una población educada en el seno de valores y conocimientos fundamentales. Luego de la frase institucional que acabo de soltar, puedo decir que yo también he conocido profesores buenos y malos - algunos muy malos, y que la calidad de la docencia hubiese podido ser mucho mejor. Rezo cada día para que los buenos profesores no se dejen contaminar por las toneladas de mierda que tienen que esquivar a diario en su trabajo, y para que su existencia no sucumba ante el fétido hálito de las malas costumbres docentes.

Como no, es una cuestión compleja, y patatín y patatán. Puedo entender perfectamente que estoy viviendo en un país que ofrece tasas universitarias bastante más bajas que las americanas, por poner un ejemplo. También me doy cuenta de que, muchas veces, la calidad de lo que se me enseña es proporcional a esta tasa. El profesorado universitario, en su condición de funcionario, puede decidir si hacer bien o mal su trabajo. Puesto que nadie, absolutamente nadie, les toca los huevos en materia de calidad, exceptuando algún alumno con agallas y su mala conciencia, tampoco se sienten obligados a ponerse las pilas si se diera el caso. Si todas las universidades públicas españolas funcionaran como las americanas, los profesores de mala calidad serían despedidos en un pis-pas, y seguirían siendo excelsos catedráticos de sí mismos en alguna miserable barraca.

Y que conste que digo todo esto sin odio ni rencor. Soy un buen tipo.

Una pregunta interesante es la siguiente: ¿qué se está haciendo para evaluar la calidad de la docencia universitaria en España? La respuesta se articula en varios puntos. Para empezar, tengo entendido que algunas universidades tienen sus propios gabinetes competentes al respecto (es un decir). En la mía, for instance, cada profesor es evaluado por los alumnos mediante un formulario estándar: del resultado de este formulario depende la asignación de algún que otro bonus monetario de poca monta - los Complementos Retributivos. También me consta que tales formularios pueden decantar la balanza laboral de un profesor asociado de un lado u otro. Pero ningún titular o catedrático perderá su silla - ni tan siquiera su compostura - por recibir un 0 en su evaluación.

Entre otros gadgets, existe el CAP, el Certificado de Aptitud Pedagógica. Pero, ay, no tiene efectos retroactivos, y no se requiere para la docencia universitaria. Únicamente deben obtenerlo, con validez única en la comunidad en el que se realiza, los licenciados que deseen aspirar a una silla en algún instituto de enseñanza secundaria. Algunas universidades organizan cursos para profesorado novel, pero estamos otra vez con la misma nenia: nadie cuestiona a los docentes veteranos. Faltaría más, me dirán algunos, son todos ellos grandes expertos en su ramo que no necesitan ulterior evaluación después de años de arduas pruebas de selección y honrada actividad científica. Pamplinas: el cerebro humano tiende a degenerar, merced a la segunda ley de la termodinámica. El pensamiento se oxida, la investigación se vuelve anquilosada y vetusta. La docencia decae.

No es un libro de Edward Gibbon, sino la realidad vista desde los ojos de un estudiante. Sigamos.

Para seguir, tenemos el polémico texto de la LOU, la Ley Orgánica de Universidades por el cual se montaron muchas huelgas y motines en el año 2001 de nuestra era. En esta ley se plantea la creación de una agencia de la evaluación de la calidad:

La Agencia evaluará tanto las enseñanzas como la actividad investigadora, docente y de gestión, así como los servicios y programas de las Universidades.
Como consecuencia directa de la implantación de la LOU, se creó hace muy poco la ANECA, la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación.Tras este acrónimo desglosado en pomposas palabras, se halla una institución encargada de evaluar la calidad de la docencia. Hay, sin embargo, truco. Veámoslo:

La actuación competencial de la Agencia Nacional en relación con el profesorado se refiere, por una parte, a la contratación laboral de profesores en cualquiera de las universidades del territorio nacional que exige la previa evaluación positiva de su actividad. Por otra parte, el Real Decreto de Habilitación del profesorado asigna a la ANECA competencias en cinco supuestos del proceso de Habilitación, previa petición del Consejo de Coordinación Universitaria.
Esto significa, concise, que sólo serán evaluados los aspirantes a profesores. Por un lado esto constituye escarmiento para todos aquellos buenos docentes precarios que deseen formalizar su situación (de ahí su justa rabia). Por el otro, supone una barrera, no muy efectiva me temo, para la incorporación de profesorado descendiente de otro profesorado, y similares - todos fruto del nepotismo, ustedes me entienden. En la web de ANECA podéis consultar el procedimiento a seguir para la evaluación; hay cinco comités científicos, uno por cada área del conocimiento, que juzgarán la calidad del trabajo previo del aspirante (incluidos los oscuros "otros méritos").

Pero no se hace mención alguna, por ahora, acerca de los profesores titulares y catedráticos. Como si la evaluación de la calidad no les tuviera que afectar, o como si ya pudieran considerarse a salvo, en un islote académico, de por vida. Para muchos de ellos, sin duda es así. Y si hay algún profesor universitario que esté leyendo el presente post en este momento, ruego desmienta algunos de los asertos que he traído a colación, y yo leeré encantado cuanto tenga que decirme acerca de la legislación vigente y sus recovecos. Si el que me lee es un profesor de los buenos, también leeré con gusto cuánto quiera comunicarme. Hay de todo en la viña del rector.

Pues bien, dejo ya de daros la murga, está lloviendo a cántaros y mis dedos están fríos.

# - Escrito por Fabrizio el 2004-03-29 a las 01:00


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