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Los cuatro humores: en la primera fila, sanguíneo y flemático. En la segunda, colérico y melancólico.
La inteligencia es sin duda uno de los conceptos más peliagudos en psicología, pero la personalidad lo supera. La personalidad engloba la inteligencia, y muchas más cosas. Es difícil dar con una definición exacta de lo que significa, puesto que la psicología es una ciencia más social que natural (por ahora), y depende muchísimo en sus definiciones de los matices del lenguaje, y de palabras cuyo significado ha sido empleado durante siglos con otros sentidos - la polisemia es una cruz.
Una primera definición amplísima de "personalidad" sería aquel conjunto de características biopsicosociales que nos hacen únicos. En pocas palabras, todos los factores involucrados en hacernos diferentes de los demás. Esto es demasiado amplio: ciertamente el color del pelo o la altura nos hacen relativamente únicos, pero estos rasgos no conforman una persona, en el sentido de "sujeto de derecho", o "sujeto conciente". Por otro lado, palabras como "carácter" o "temperamento", la primera más ambiental, la segunda más biológica, evocan rápidamente la forma de ser de los individuos.
Acotando, la personalidad aparece como aquel conjunto de rasgos, de características con base psicológico-social - y en último término biológico-genética, que hacen que una persona se comporte de una forma y no de otra. Todos somos parecidos, pero también diferentes: aceptar las diferencias humanas dentro de un mismo marco ha llevado sabios de todos los tiempos a plantearse preguntas tales como "¿por qué Fulano es más alegre que Zutano?" o "¿por qué Mengano se enfada con mayor facilidad que Perengano?". Las primeras respuestas, la de los chamanes primitivos, los magos y los sacerdotes, apelaban a un andamiaje mitológico muy poco robusto. Entre ellas figuran también las teorías psicoanalíticas o psicodinámicas. Que, a pesar de resultar de lectura amena y agradable, no dejan de ser místicas (véase la tª de la personalidad de Freud, o la de James Hillman, que habla de dáimon).
La primera teoría de la personalidad realmente importante fue la de Hipócrates de Cos, fundador de la medicina, que postulaba la existencia de cuatro humores basándose en la teoría de los cuatro elementos, de Empédocles. Estos cuatro humores, originados en el cuerpo, eran la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema; la combinación de estos cuatro humores no sólo determinaba el estado de salud del paciente, sino que también eran indicadores de su temperamento, de su personalidad. A pesar de ser falsa, la teoría hipocrática de los cuatro humores sigue teniendo cierta influencia hoy en día en muchos modelos biologicistas de la personalidad (es lo que un filósofo llamaría "heurístico"). Es usual la adopción de modelos bidimensionales, y todos se parecen, aproximadamente, a esto:
Tenemos así muchos modelos que pueden reducirse a dos dimensiones, lo cual es teóricamente atractivo, pero deja mucho por explicar. Por otro lado el modelo bidimensional parece encontrar cierto apoyo científico en la teoría trifactorial de Eysenck (que describe tres dimensiones, Neuroticismo, Extraversión - término que debemos a Jung - y Psicoticismo - siendo este último un rasgo menor, anormalmente distribuido y por tanto poco válido). Los modelos tridimensionales, los "big three", son con diferencia los más biologicistas, esto es, atribuyen a la biología la mayor parte de la varianza en las diferencias en conducta. Estos modelos consideran que, en cierto sentido, Hipócrates, Galeno y toda la medicina medieval, algo de razón tenían, y que bien podría describirse una persona diciendo lo activa, sensible y sociable que es (para una revisión de modelos de tres factores, ver aquí).
Hay muchos tests o pruebas de personalidad, y empezaron a crearse, como los tests de inteligencia, por motivos prácticos, durante las guerras mundiales, o para clasificar en taxonomías los pobladores de los hospitales psiquiátricos. Algunos son más fiables y válidos que otros. En teoría de los tests (psicometría), la fiabilidad indica la consistencia del test, es decir, si mide bien en cada medición (una balanza poco fiable arrojará siempre valores distintos); la validez es mucho más abstracta, y se refiere a si estamos midiendo lo que realmente queremos medir. Puesto que es imposible saber a ciencia cierta si un test es válido (¿cómo saber si estamos midiendo un constructo hipotético?), los psicólogos utilizan medidas indirectas, tales como correlaciones con otros tests parecidos, correlaciones con criterios del mundo real (por ejemplo, notas académicas, accidentes, etc.) y otro tipo de valores.
Una metáfora: si usamos una balanza fiable pesando un anónimo saco que creemos sea de nueces, tal vez estemos pesando nueces, o tal vez estemos pesando nueces con cacahuetes, o simplemente rocas. Para saber si realmente pesamos nueces, iremos obteniendo información alrededor, mirando la forma del saco, el ruido que hace al moverlo, etcétera. Lo que los psicólogos todavía no pueden hacer, es abrir el saco.
Hay tests, como el Rorschach, que necesitan dos años de entrenamiento intensivo, y disponen de complejos manuales de interpretación; los tests de personalidad "proyectivos", como ése y el Test de Apercepción Temática, entre otros, son tests en los que el sujeto estructura los estímulos; mediante su participación activa, el evaluador puede ajustar las respuestas a un modelo concreto de personalidad, gracias a tablas estadísticas de respuestas frecuentes (decir, por ejemplo, que en lugar de una mariposa - respuesta popular - uno ve la cara de Bill Gates en una mancha, es poco frecuente, y por lo tanto una pista acerca de algún proceso de personalidad peculiar subyacente). Entre la infinidad de pruebas proyectivas, las hay que usan muñecos, dibujos, o incluso recuerdos autobiográficos. Son tests muy divertidos para la persona examinada, pero muy duros de dominar por parte del examinador. Y no son muy fiables, pues su interpretación es bastante subjetiva.
La gran mayoría de tests de personalidad son de "papel y lápiz", un conjunto de hojas con ítems numerados ante los cuales tenemos que mostrar nuestro acuerdo o desacuerdo. La mayoría de veces nacen de una forma "sencilla": un grupo de investigadores con cierta teoría de la naturaleza humana, decide crear un instrumento para medir los rasgos del modelo. Para ello, crean un banco de muchos ítems, adoptan una escala de puntuación, y administran el test a una muestra supuestamente representativa y suficientemente amplia de personas. Las puntuaciones obtenidas permiten establecer los parámetros de normalidad de cada rasgo, su fiabilidad, o su relación con otros rasgos en algo que se llama, en estadística aplicada, "factores". El análisis factorial no es más que una "batidora" de datos en la cual metemos muchas variables, y observamos, después de muchas "rotaciones" y correlaciones, si hay variables que correlacionan juntas de forma significativa, formando, de ahí el nombre, factores.
No todos los tests de papel y lápiz son factoriales. Unos son de "clave empírica", es decir, han sido creados a partir de criterios externos. El más famoso es el MMPI, el Inventario Multifásico de Personalidad de Minnesota. En su versión dos es largo - tiene 567 ítems - y mide muchos rasgos, unos diez. Es de corte principalmente psiquiátrico, fruto de viejas escuelas que no sabían lo que era eso de "personalidad normal" o "psicología positiva". Como todos los tests de personalidad, el MMPI contiene escalas para comprobar la sinceridad del sujeto que contesta; a menudo estas escalas contienen también datos interesantes sobre la autoestima. Es, con todo, una prueba muy criticada - entre otras cosas por la escala de masculinidad-feminidad (hace cincuenta años la homosexualidad se consideraba oficialmente como una patología mental), con ítems que han pasado a la historia, como el que reza:
Me gustan las flores
Los inventarios de clave factorial, son harina de otro costal. Tres ejemplos ilustres son el 16-PF de R.B.Cattell, el BFQ de Caprara y el NEO PI-R de Costa y McCrae. Este último es el principal heraldo de las teorías de los cinco factores ("big five"), resultado de análisis factoriales que en algunos casos se efectuaron desde un punto de vista léxico (es el caso de Lewis R. Goldberg, que tras analizar muchos adjetivos internacionales referidos a la personalidad, llegó a la conclusión de que el número "mágico" es el cinco). La teoría pentafactorial es hoy en día la que goza de mayor prestigio y respaldo científico, y realmente parece ser que con cinco factores (y rasgos derivados, que son más), se puede describir a una persona. Antecedentes proximales y distales, sean ellos psicosociales o biológicos, llevan, según Costa y McCrae, a cinco grandes dimensiones: Openess ("apertura mental"), Conscientiousness ("responsabilidad o conciencia"), Extraversion ("extraversión"), Agreeableness ("afabilidad") y Neuroticism / Stability ("neuroticismo / nerviosismo / estabilidad"). El acrónimo resultante es molón: O.C.E.A.N.
La existencia de una personalidad biológicamente causada, implica una visión de personalidad estática, que no puede cambiar. Eso puede ser muy cierto para según qué rasgos, pero en otras ocasiones, la personalidad, esa gran desconocida, se muestra huidiza y dinámica, cambiante en las distintas etapas de la vida. En algunos casos, pueden observarse trastornos de la personalidad, de pronóstico muy complicado por las razones biologicistas antes mencionadas. También puede resultar criticable el intento, muy humano, de clasificar en un puñado de dimensiones la enorme complejidad humana. Opino que la personalidad es relativamente estable en la parte de varianza que corresponde a lo biológico (los animales también tienen personalidad), pero que en la parte psicógena y social de la misma, existe mayor dinamismo - ¡y la posibilidad de un cambio positivo!
Para terminar esta incompleta revisión del tema, mencionaré al psicólogo Gordon Allport, figura muy querida, que defendía la unicidad de cada persona, y la superioridad de las teorías de personalidad ideográficas (las que tienen en cuenta el individuo por sí mismo) sobre las nomotéticas (las que se basan en cálculos estadísticos). Otra implicación, como cierre, de las teorías de la personalidad, la expresó magistralmente un conocido autor de ciencia-ficción. Lo hizo así:
Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad - H.G.Wells
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