"La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más." - Sören Kierkegaard


El post de hoy de Walky me ha recordado que uno de los temas más interesantes sobre las cuales un psicólogo puede hablar, es el de la felicidad, o en otras palabras, de la satisfacción, de la alegría, de la serenidad en la vida. La definición del Diccionario de la Real Academia, además de ser escueta e incompleta, es bastante errónea (o, más bien, sujeta a interpretaciones dispares):

felicidad. (Del lat. felicĭtas, -ātis). 1. f. Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. 2. f. Satisfacción, gusto, contento.
Eso de "posesión de un bien", locución ambigua, hace referencia a cierta emoción o estado de ánimo infantiloide que va sujeto a la posesión de un objeto; la ecuación implícita es: más se tiene, más feliz se es. No hace falta recordar a quien me lee que esta ecuación no tiene pies ni cabeza, y que nadie es más feliz por poseer más. Al contrario, un mayor número de posesiones aumenta la preocupación y la ansiedad de quien las administra, y de quien cuida que no sean en ningún modo corrompidas. En este sentido, cualquier preocupación conlleva un aumento de la ansiedad, y una disminución simultanea de la satisfacción y del bienestar psicológico.

Porque la felicidad es eso, bienestar psicológico.

Nuestro cuerpo puede ser totalmente sano y funcional, pero nuestra mente puede estar abocada a la depresión más potente. Soluciones como el Prozac, alabadas y criticadas en partes iguales, no son verdaderos remedios a la falta de felicidad. La emoción de la que hablamos no se encuentra en un depósito oculto en el cuerpo, y no es un mecanismo tan sencillo que pueda activarse con burdas palancas neuroquímicas. Para sentir felicidad es necesario estar despierto y conciente, y no aturdido por drogas o subrogados sociales de alegría. Recetas para la felicidad hay miles (sobre el papel), y gurúes que la prometen, otro tanto: síntoma de que la felicidad es una de las metas más perseguidas por la humanidad.

En World Database of Happiness y en World Value Survey pueden encontrarse muchos datos interesantes acerca de la felicidad en el planeta; algunos son bastante sorprendentes. Por ejemplo, resulta que Nigeria, el país más poblado de África, plagado por un sinfín de problemas sociales y económicos, es la nación en la que el mayor porcentaje de población encuestada afirma ser "muy feliz" (ver el PDF de New Scientist). Por supuesto, las encuestas son instrumentos poco sensibles, y en vez del grado de felicidad puede que se estuviera midiendo la capacidad para mentir (decir que se es feliz cuando en realidad no es así), el grado en que una población contesta de forma categórica y absoluta (en Japón, por ejemplo, la gente suele contestar siempre en las opciones centrales) o el concepto que se tiene en un lugar determinado de la palabra "felicidad" (los problemas de traducción son inmensos).

Esto no quita que, en general, la felicidad sea relativamente independiente de las condiciones materiales.

Dejemos a un lado la manida pirámide de Maslow, esa que pone las necesidades materiales en la base, y las necesidades de autorrealización en la punta: es un modelo viejo, interesante, pero obsoleto. Una persona puede subordinar una necesidad a otra, o intentar satisfacer necesidades básicas a partir de necesidades más elevadas. La felicidad no surge de la satisfacción de necesidades, porque en la medida en que una se satisface, aparece otra nueva. Esto es particularmente evidente en las sociedades consumistas modernas, en las que se nos instiga a comprar, y usar sin objeto alguno (aumentar la entropía en vano diría Bruni). Apurando el enfoque anterior, estar satisfecho no es lo mismo que ser feliz. Estoicos y budistas predican desde hace siglos que la ausencia de deseo es la mejor vía para la felicidad.

Obviamente, la ausencia de deseo es imposible.

Algunos pensadores, como el temible y al mismo tiempo notable Jeremy Bentham, piensan que la felicidad puede medirse y producirse "científicamente", con precisión. Jeremy Bentham, el creador del simpático Panópticon (la cárcel en la que concentró todo su pensamiento social y moral), concibió en el siglo XIX una curiosa fórmula, el Felicific Calculus, a través del cual podía computarse la utilidad de una acción y la felicidad que podía, por lo tanto, producir. El cálculo de felicidad de Bentham, obra de un utilitarismo un tanto ido de olla, se parece mucho a algunas formulaciones que de vez en cuando se leen en revistas de psicología. Como por ejemplo, la que ha creado Pete Cohen:

Felicidad = P + (5xE) + (3xN)

La variable "P" representa las características personales, incluyendo filosofía de vida, capacidad de adaptación y resistencia. "E", la variable más importante ya que se multiplica por un factor de cinco, representa la "existencia", que abarca la salud, estabilidad financiera y amistades. Finalmente, "N", que vale por tres, representa las "necesidades prioritarias", y cubre la auto-estima, las expectativas que tenemos de nuestra vida, la ambición y el sentido del humor.
Es el típico excremento mental que suele producir el gremio de psicólogos cuando intenta hacerse pasar por el gremio de físicos: fórmulas normalmente multiplicativas y sin valor en las que términos incalculables echan a perder el subtotal si son nulos. Ojo, no estoy diciendo que los psicólogos no tengan derecho a hacer formulitas como esas (patéticas a mi entender), porque a veces pueden ser heurísticos mono-uso graciosos y útiles para hacer un poco de divulgación barata; pero, desde luego, su utilidad es próxima a cero. Se toman muchos ingredientes, se meten dentro de un caldero conceptual ancho y profundo, y se remueven hasta conseguir una sopa indigesta. Bertrand Russell, en su "Conquista de la Felicidad" era más comprensible:

El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que es libre en sus afectos y tiene amplios intereses, el que se asegura la felicidad por medio de estos intereses y afectos que, a su vez, le convierten a él en objeto de interés y el afecto de otros muchos.
Russell sufrió una fuerte depresión durante su juventud, y pudo salir de ella sólo gracias al estudio: es comprensible que su propuesta para la búsqueda de la felicidad sea una búsqueda de intereses, conocimiento, y redes sociales. Es una buena receta: alimentar la curiosidad, la conciencia; dar estímulos a mentes "hambrientas", mantenerse despiertos... en su libro también habla de inconformismo, de quitarle valor al concepto de "pecado", de ignorar la envidia, etcétera. En pocas palabras, lo que Bertrand recomendó es que, para ser felices, las personas deben vivir su vida, libremente, con tranquilidad, curiosidad y amor. Volverse un poco niños (¿Mt 18,3?), ser una pizca Zen, amar y ser amados, ser afables y amistosos, odiarse poco a si mismos, no tener tabúes irracionales, vivir el presente, carpe diem... Sobre todo, como decía Epicteto,

La felicidad no consiste en desear cosas sino en ser libre.

# - Escrito por Fabrizio el 2004-05-09 a las 01:00


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