Tengo un libro muy interesante en mi biblioteca, titulado "Las Mentiras de la Ciencia", de Federico di Trocchio. Lo tengo al ladito de algún que otro tomo de filosofía de la ciencia, como "La Lógica de la Investigación Científica" de Karl Popper y "Tratado Contra el Método" de Paul Feyerabend. Antes de que los ultra-ortodoxos se pongan a temblar y sudar debajo de sus togas, los voy a tranquilizar diciendo que no soy tan posmoderno como parezco, y que en el fondo soy un buen chico que ama la ciencia, la buena ciencia.

Ale, ya podéis dormir tranquilos.

Volviendo al tema, es un libro muy interesante, pero no es un libro anti-científico. Sencillamente relata los casos de fraude más famosos de la historia de la ciencia (Moewus, Burt, Freud, Carrel, Deprat, los rayos N, el hombre de Piltdown, etcétera) y avisa que si estos se han producido, es que algo no anda muy bien en el sistema; fundamentalmente, la argumentación de Di Trocchio es la siguiente: la ciencia, en la época moderna del "publish or perish", del sistema de financiación público y privado, y del pragmatismo industrial, ha pasado de ser una vocación a ser una profesión.

Con el resultado harto conocido de que la ciencia ha perdido en parte su autonomía, y en algunos casos hay personas que se aprovechan de ello para enriquecerse produciendo mucho conocimiento sorprendente pero falso. El profesionalismo puede verse como una "enfermedad" que aqueja el poseedor del saber, transformándolo en un engreído personaje gremial que se dedica a venderse para mejorar su estatus. Thomas Alva Edison, en una entrevista de 1893 en Scientific American expuso lo siguiente:

No estudio la ciencia como han hecho Newton, Kepler, Faraday y Henry con el único fin de conocer la verdad. Yo soy un inventor de profesión. Mis estudios y mis experimentos los he llevado a cabo con el único objeto de inventar algo que tuviera una utilidad comercial
El carácter amateur y vocacional de la ciencia se va perdiendo, más para mal que para bien - en mi modesta opinión. Por otro lado, el sistema puede que tenga sus ventajas: a través de la financiación pueden acceder a la ciencia personas que no podrían dedicarse a ello por falta de recursos; la disponibilidad de fondos (hablamos de EEUU, porque en el sur de Europa es penosa) contribuye a la creación de saber y know-how tecnológico que puede redundar en beneficio de la calidad de la vida; la colaboración de la ciencia con la industria permite un rápido transvase de conocimiento teórico a la vida cotidiana (los nuevos medicamentos contra el cáncer son sólo un ejemplo).

Esta es la caza, la caza en la que yo no deseaba tomar parte jamás: la caza del dinero, del éxito. Quiero solamente lo más sencillo: la labor de un zapatero para poder subsistir, y nada más. Cómo desearía que hubiera una isla en medio del espacio, en la que pudiera existir yo solo, en la que no hubiera necesidades personales, en la que lo único importante fuera el pensar
El párrafo anterior lo escribió Albert Einstein en su juventud. Este ilustre físico melenudo y bigotudo lo tenemos hasta en la sopa, pero es el paradigma del científico moderno típico: y sus mayores descubrimientos los llevó a cabo trabajando en una oficina de patentes. Es cierto que la física teórica únicamente necesita de lápiz y papel, pero aún así, su subsistencia no dependía de un departamento universitario o, peor aún, de una empresa privada.

Uno de los asuntos menos felices del asunto que traigo a colación es que muchísimo dinero supuestamente invertido en I+D termina en la investigación militar (esto empezó con el Proyecto Manhattan, pero si me apuráis, seguro que puedo remontarme a Leonardo Da Vinci y sus dibujos de armas, o a Arquímedes y sus espejos incendiarios; sin embargo, ellos lo hacían por mera curiosidad).

En resumen, el sistema que tenemos ahora para que la ciencia siga adelante funciona, pero tal vez no funciona como debería. Ha aumentado el número de científicos, pero a la ciencia le falta a menudo ese sabor emocionante que tenía antaño (mistificación histórica aparte). Incluso hay quien ha llegado escribir libros con títulos tan sugerentes como "El Fin de la Ciencia" - libro que, por cierto, todavía no he leído, y que por lo tanto no puedo juzgar. Di Trocchio se pregunta si el aparato burocrático de investigación no estará dejando fuera los científicos demasiado malos y los demasiado geniales, financiando la gran mayoría de científicos de talento mediano, y los mediocres que aportan pequeños granitos de arena a menudo insignificantes (recuérdese la forma de una campana de Gauss y aplíquese al cuento).

No sé. Si existen los premios IgNobel, por algo será...

# - Escrito por Fabrizio el 2004-05-26 a las 01:00


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