|
Esta semana me enfrenté a una de las decisiones más duras y truculentas en la vida de un geek...
Comprar un nuevo teléfono móvil. Al más puro estilo PJorge o Russell.
Pero no lo hice. No caí en la tentación tech-chic, y no solté ni un duro. Tengo desde hace un par de años un Nokia 3310: es robusto, fiable, compacto, en una palabra, finlandés.
¿Para qué necesito un móvil sofisticado y con un conjunto de hardware que no usaré casi nunca?
¿Para qué comprar un móvil con WAP o conexiones a Internet, si estas hay que pagarlas demasiado caras?
¿Para qué un móvil con cámara de fotos si ya tengo mi Sony DSC-P71?
¿Para qué un móvil en plan PDA si ya tengo un portátil y una Moleskine?
Y sobretodo, ¿por qué debería comprar un móvil con horribles melodías polifónicas?
Me encanta mi 3310. Es vetusto, pero hace lo que quiero que haga. Puedo hablar por teléfono - menos mal, puedo enviar y recibir mensajes, e incluso jugar a la serpiente (ale).
Y me gustan sus melodías primitivas hechas a base de bips. Con gastar 18 euros cada dos años para cambiar la batería de litio, me conformo. Y no me vuelvo loco pensando en la seguridad e integridad de un móvil costosísimo.
Al final se trata de hablar, no de hacer pijaditas.
|