Una de las creencias más comunes acerca de los dibujos animados es que son estúpidos y esencialmente vacíos en contenido. Es un grave error.
Tomemos como ejemplo al grandísimo Wile E. Coyote, protagonista de interminables persecuciones en el desierto americano. El plot es tremendamente sencillo: un coyote hambriento intenta utilizar toda su inteligencia y recursos para cazar un avestruz despreocupado y rápido. Por mucho que se empeñe, el coyote jamás consigue su objetivo, y se ve abocado a un fracaso doloroso y cómico, mediante sádicos gags que tienen que ver principalmente con explosivos o con caídas desde alturas notables.
Es una batalla eterna, la del coyote; es una batalla que siempre pierde. La profunda metáfora que se oculta tras este hecho puede compararse a la de obras como "El Mito de Sísifo" de Albert Camus. A pesar de perder siempre, el coyote vuelve a la carga, no se rinde, es indestructible. La mano cruel del dibujante ha concebido para él un destino de sufrimiento absurdo y patético, en un entorno hostil que conspira contra él. La arrogancia despreocupada del Übervogel-correcaminos se traduce en una burla sádica hacia sus intentos fallidos, pero el mayor enemigo del coyote es su misma incapacidad para conseguir el éxito.
Como Sísifo, el coyote empuja su roca hasta la cima, para verla caer una y otra vez.
El correcaminos no es intrisecamente malo: no daña directamente al coyote, y no tiene malicia. Su mirada es pura, incluso estúpida, como sus intenciones. El correcaminos no hace más que comer y correr, esclavo del juego fantástico y del espectáculo que protagoniza. Pero él no lo sabe, mientras el coyote sí. Tampoco podemos atribuir maldad al coyote, que es mero intérprete de sus impulsos famélicos. El coyote, limitado en velocidad, no desea asumir una condición de perdedor, y para ello utiliza su inteligencia, y las máquinas ACME. Máquinas a menudo defectuosas que consiguen resultados desastrosos. El coyote es un consumidor confiado, y esta misma confianza que deposita en la tecnología le convierte en una víctima.
En cierto modo el coyote es un fanático, concedido. ¿Pero acaso no lo somos todos? ¿Acaso no perseguimos un ideal? El ideal del coyote es alcanzar el correcaminos. Romper la barrera de sus lentas piernas y abrazar por fin su presa. Por esto mismo, el coyote jamás lo conseguirá, pues la persecución es toda su vida. Su vida tiene sentido mientras persigue Beep-Beep. Supongamos que algún día consiguiera coger el correcaminos. ¿Qué haría? ¿Cómo se sentiría? ¿Acaso no se vería enfrentado al vacío? ¿A quién perseguiría luego?
El coyote no es nadie sin su persecución.
Es por este motivo que todos nos identificamos con el coyote. El coyote es como el Wilbur Mercer de Philip K. Dick. El coyote somos todos.
# - Escrito por Fabrizio el 2004-06-14 a las 01:00
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