No vivimos en una democracia.

Bueno, no exactamente. La acepción de la palabra anterior es 'gobierno del pueblo'; pero aquí, ni el pueblo manda, ni quiere hacerlo. Digamos que el ciudadano de lo que hoy en día viene a llamarse democracia tiene una probabilidad no-nula de conseguir la participación en la res publica de alguna forma, y de expresar libremente su opinión. Eso es un gran progreso, y un enorme avance con respecto a otras formas de gobierno, pero no es todavía una democracia sensu stricto. Podría llamarse oligocracia, pseudodemocracia o piramicracia (en el sentido de que el poder pierde fuerza conforme bajamos desde la punta y vamos hacia la base); pero no 'democracia'.

El "gobierno de todos" es una utopía, por varias razones. La especie humana es social, pero no una colmena de abejas (o no todavía): los esfuerzos conjuntos y coordinados necesitan de comunicación, y esta no es perfecta. Además, no todas las personas tienen interés en establecer puntos de acuerdo entre grupos humanos, ni tienen particular propensión por la diplomacia, o el altruismo. Lo que entonces ocurre es que el poder del individuo se delega a representantes de ámbitos cada vez mayores, quienes retienen el voto y lo interpretan a su manera, supuestamente escuchando las peticiones de los ciudadanos (cuando no están forrándose los bolsillos con su dinero, of course).

El ciudadano, de esta forma, se desentiende casi siempre de los asuntos de gobierno, que para él son algo distante y obscuro, sede de maquinaciones perversas que le perjudican casi siempre (pero, ay, "no hay alternativas"). La política deja de ser una obligación para el pueblo y se banaliza, se convierte en una arena de preferencias subjetivas y marketing de ideas. Se vota por colores, caras bonitas, nombres, eslóganes; se es fiel y coherente en la "ideología" por meras cuestiones estéticas, y no por pensamientos razonados. Es como ser un seguidor de un club de fútbol: "Zapatero es guapo, me inspira confianza" o "Rajoy tiene esa mirada de gatito que me gusta, lo votaré". Una monarquía electiva.

En verdad la mayoría de los ciudadanos no quieren asumir demasiadas responsabilidades. Ya tienen suficiente con vivir la vida en su micromundo, en su barrio, en su casa: ¿para qué preocuparnos de un trasvase de agua a mil kilómetros de distancia, o de una guerra lejana? Los políticos "profesionales" (feísima expresión, triste a mi juicio), abren entonces la boca y airean a los cuatro vientos consignas tranquilizadoras: "Duerme bebé, duerme tranquilo, yo gobierno, y tú sigues chupando bienes de consumo". Y todos, aparentemente, tan contentos. No hay problema. La gente huye de su propia libertad, y el sistema les da a cambio un cálido útero consumista en el cual racionalizar la mezquindad de su existencia al servicio de ideas y cosas.

¿Cómo podemos decir que vivimos en una "democracia" si el pueblo pasa de gobernar y de interesarse por la administración de la comunidad en la que vive? Sólo hay que ver lo que ocurre en los niveles más bajos de la escala, en las familias, en las comunidades de vecinos, en las clases. La responsabilidad es un fardo, un marrón, una molestia. ¿Cómo podemos concebir algo tan utópico como el gobierno de todo el pueblo si las personas no sabemos siquiera gobernarnos a nosotras mismas? Esta mañana entré en una sala de descanso de la biblioteca universitaria: había gente fumando debajo de un gran cartel prohibiéndolo. ¿Es así como se mantiene la coherencia? ¿Vivimos todos en una gran contradicción? ¿Votamos pidiendo cosas que luego quebramos sistemáticamente?

Si una "democracia" es un gobierno del pueblo, el pueblo, en primer lugar, debe interesarse por los asuntos que incumben su comunidad; si no, la palabra no sirve. Que se elija otra pues.

# - Escrito por Fabrizio el 2004-07-05 a las 01:00


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