El universo. El mundo en la palma de una mano. Una pelotita de goma.

Resultan tan atractivo y tentador: sólo hace falta apretar. Más y más. Los músculos de la mano se contraen con fuerza, duros como la piedra. Los dedos se ciernen sobre la espuma de colores, la aplastan hasta convertirla en una masa informe. La ira y el estrés se descargan brutalmente sobre la esférica proyección de las frustraciones humanas.

Uno tras otro, caen los problemas. Comprimidos, rotos por la fuerza de la mano. Es suficiente con cerrar los ojos e imaginarlos. Ahí están. Apretar los dientes, aumentar aún más la presión. Dios mío, se ven las venas. La carne de los nudillos palidece.

Ignorancia, cobardía, corrupción, pereza, gula, pasividad, egoísmo, demagogia, incoherencia, deshonra...

Ahí estáis, cabrones. No cuatro, sino un ejército de jinetes apocalípticos. Todos estrangulados en la pelotita, fofos adalides de todo lo que estropea la vida. Sigo prensando, apretujando. Veo, en el fondo negro de mis párpados, los rostros de todos los culpables. Quiebro metafóricamente sus huesos. Merecen lo que le estoy haciendo.

¿O no?

El esfuerzo cabalga ahora con lentos jadeos. Abro la mano, me relajo. Dejo que la pelotita caiga al suelo y recobre su forma. Le he dado ira a la ira: no sirve de nada. La pelotita sigue como antes. Más fuerte que antes. No era esa la solución, maldita sea. Por poco la pelotita no me atrapa. Suave, inocente, indefensa: esperaba alguna víctima para que tirara su primera piedra. Ironía y esperpento. Ridículo acto de poder. Falsa voluntad.

Creo que me apuntaré a clases de Tai-Chi.

# - Escrito por Fabrizio el 2004-08-03 a las 01:00


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