Supongo que a estas alturas ya os habréis enterado de la noticia: ha aparecido en Barcelona un tríptico que invita al nudismo urbano.
Me parece estupendo: todo lo que aumente la libertad de las personas me lo parece.
Debo admitir que no soy nudista - en casa sí lo soy, a veces. Todavía no he practicado nudismo en público, porque no he tenido ocasiones, y porque no las he buscado tampoco.
No estoy en contra del nudismo, es más, creo que es una experiencia muy interesante, y con implicaciones más profundas de lo que podría parecer a primera vista. Mi amigo GNUdista escribió un magnífico artículo al respecto, y os recomiendo su lectura.
No soy nudista porque me da vergüenza; tampoco canto, y es por el mismo motivo. La vergüenza a ambas cosas es irracional. Desde luego, podría ir desnudo por la calle en cualquier momento, pero creo que tendría problemas. Muchos.
Y eso que todos nacimos desnudos.
En lugar de vomitar argumentos, voy a hacer un pequeño experimento mental.
Supongamos que mañana fuera desnudo a la Universidad. Desnudo como un angelito de Murillo. No, no os riáis. Empieza el relato imaginario:
Pues bien, salgo a la calle... desnudo bajo la intemperie. Tengo que cubrirme todo el cuerpo con algún tipo de crema protectora. Mi piel se quema fácilmente bajo el sol, y su exposición al aire la deshidrataría. Tardo unos diez minutos en cubrirme todo el cuerpo con crema. Antes de que se seque, parezco una especie de pastel comestible gigante.
Un bollo italiano sobre dos patas.
Me encamino, pringado cual pastelito, por la acera. El autobus para, y la puerta se abre. Subo, y se disparan miradas y comentarios. Posiblemente alguien se enfade conmigo, o llame a la policía.
Si lo hicieran, no ocurriría por algo innato en el ser humano, ni porque haya algo intrinsecamente malo en la sociedad de los que llevamos ropa; esto ocurriría por la mera transición de una sociedad de gente vestida a una sociedad de gente desnuda. Nadie está acostumbrado a ver a los demás desnudos. No existe tal costumbre (que, a lo mejor, podría "implantarse" si la gente fuera a menudo a lugares nudistas).
Ahora bien, supongamos que mañana el autobús estuviera vacío, o lleno de personas excepcionalmente tolerantes:
Mientras mis esferoides se mueven alegremente merced a la inercia del vehículo, me dirijo hacia un asiento no ocupado, y apoyo mi trasero sobre una superficie sucia de plástico, rebosante de bacterias. Al observar la planta de los pies veo todo tipo de suciedad que se ha incrustado sobre la piel descalza, y alguna que otra herida: paciencia, me digo a mí mismo, ya me saldrán callos en los pies y en el trasero, como si fuera un babuino. Si hubiera empezado desde niño, lo tendría más fácil.
El autobús llega a su destino: bajo y me dirijo a toda velocidad hacia el edificio de la facultad. Los demás no saben si mirarme o apartar la vista: por un lado les hago gracia, y despierto su curiosidad. Por otro lado sienten una mezcla de repugnancia, titubeo libidinoso y miedo de ser vistos viéndome. Puesto que yo elegí salir desnudo de casa, suspiro y sigo adelante, compadeciando a la gente que todavía no se ha pasado al bando rosa.
La gente disimula y busca con la mirada mi pirulín. Otros miran la barriga. Les ignoro, y sigo. Es difícil, pero lo hago. Si no mantuviera cierto aire de naturalidad, enseguida me tomarían por un pirado, y no es plan. Tengo trabajo que hacer. Menos mal que no soy una mujer, o ya habría una pandilla de cretinos cachondos rodeándome e intentando hacerme de todo. La exhibición involuntaria de mi cuerpo a las masas no acostumbradas al nudismo causa una ola de emociones instintivas.
Pues sí, hay gente que no sólo es cachonda, sino que además no pasó del estadio animal:
Entro en el ascensor: está ocupado. Reconozco una profesora, que me mira durante un minuto boquiabierta, y luego intenta mirar hacia otro lado. Intento imaginar qué pasaría si uno de mis profesores tuviera que dar clase a un centenar de alumnos y alumnas desnudos/as. ¿Y si también el profesor/a impartiera su clase desnudo/a? No tendría adonde ocultarse. Este pensamiento me causa una sonrisa: la ropa es un símbolo de estatus social.
Es obvio que todo este juego de malicia y contra-malicia desaparecería si todos estuvieran acostumbrados al nudismo. Pero no lo están.
También es cierto que el asunto igualitario podría desapacer: el estatus ya no vendría marcado por una prenda cara, sino por un cuerpo fornido, o tatuado, o con características concretas. Los gorilas macho dominantes tienen el pelo lumbar de color grisáceo. Tal vez ocurriera algo parecido con los seres humanos...
Sigamos:
El ascensor está a punto de llegar. La gente procura no tocarme en la medida de lo posible. Y yo procuro no emitir ninguna feromona. Hace calor. El sudor corre sobre mi piel, y llega al suelo. Espero que nadie resbale. Levanto accidentalmente un brazo para rascarme la cabeza, y la axila queda al descubierto. Por poco no se desmaya el personal. Finalmente llego al segundo piso, y salgo..
Entro en la clase: mis compañeros/as me miran y se quedan pasmados. Yo voy a lo mío: me dirijo hacia el asiento con mis apuntes. El suelo de plástico está frío, maldición. No pasa nada. También el asiento está frío. Sin querer una cadera roza un canto y me hago una pequeña herida. Estoy desnudo: se me ven todos los lunares, granos, pelos, moratones y heridas que pueda tener en un momento dado. No tengo la posibilidad de ocultar información. Ignoro también esto, estóicamente.
Llega el profesor. También se queda mirándome, perplejo. Por alguna razón misteriosa, no grita, y no se enfada. Me pregunta qué estoy haciendo en la clase, desnudo. Lo hace con una sonrisa tonta que no promete nada bueno. El murmullo de los demás crece, y el profesor se ve obligado a pedir silencio. Contesto brevemente, diciendo que soy libre para ir desnudo adonde me plazca. El profesor, en un arrebato de comportamiento constitucional, asiente y empieza la clase.
Pide un voluntario para la pizarra, y me ofrezco. El profesor titubea, y mucho, cuando ve mi mano y mi brazo peludo sobresalir de entre los bancos. Hace otro gran esfuerzo y me convoca cerca de la cátedra. Me levanto y me dirijo hacia la pizarra: la gente me mira, qué raro. Mientras voy escribiendo, la tiza adhiere a mi piel. La quito con la mano, y de paso se cae algún que otro pelo corporal. La gente se ríe. Al diablo. ¡Que ardan!
Cuando se ha terminado la clase, tomo un café en el bar. Se ha vertido un poco sobre mi pecho: por poco no me quemo. Por suerte el café ya se había enfriado. Al salir compruebo que está empezando a llover. No he traido paraguas... pero no pasa nada. Me ducharé en el camino.
En fin, no dudo que resulte interesante como experiencia, pero tal vez haga falta... no sé... un poco más de divulgación... mucha paciencia... un clima propicio... cambiar muebles y suelos... tener cuidado con los agentes contaminantes...
Casi nada :(