Me encontraba esta tarde en un Mercadona, haciendo la compra de la semana con Walky, cuando topé con un extraño objeto de forma ovoidal. Examinando el envoltorio podía apreciarse que tenía la típica forma de una esfera armilar, pero de chocolate (¿qué oscuras implicaciones podía tener esto?).
Pregunté a Walky, y ella - experta en literatura paleocristiana, me dijo el número exacto de calorías. No podía ser de otra forma: el misterioso artefacto era de origen medieval.
Concretamente, templario.
Y así parecía ser. La fina capa de chocolate con leche escondía una cápsula de plástico amarillo. ¡Cuánta destreza habían empleado los mensajeros para ocultar su preciado tesoro!
Al intentar abrir la cápsula, ésta eclosionó, esparciendo pedazos de una antigua maquinaria templaria por todo el suelo (tal vez un sistema para liquidar al ladrón poco diestro). El contenido puede describirse como sigue:
- Un pergamino místico en 22 idiomas (incluido el turco, el georgiano, el armenio y el árabe, con lo que quedaba clarísima la conexión arqueológica)
- Un pergamino partido en cuatro secciones pegajosas, cada una con signos iniciáticos
- Un folio más grande mostrando la imagen de la máquina funcionando
- Un precioso grabado en cuatricromía mostrando las otras máquinas (arte excelso sin duda, ergo auténtico)
El montaje en sí del mecanismo templario me hizo comprender las perversiones de los ingenieros de la Sagrada Orden del Templo, y sus inicuas maniobras para conquistar el mundo conocido.
Lo que parecía una alegoría de un caballero medieval montado a caballo, con su tienda y su bandera, reveló ser un peligroso juguete no apto para niños menores de 36 meses. ¿Qué podía significar todo aquello? ¿Qué pretendían los Templarios?
Guardé cuidadosamente la cápsula y el arma antigua, y me dirigí hacia la caja. La mirada extraña de la cajera la traicionó: ¡era una agente al servicio del Temple! Escurriéndome con rapidez detrás de la cinta transportadora, le enseñé la cápsula amarilla hasta que, exhausta, confesó:
¡Es un huevo Kinder! ¡No sé nada!
Esas palabras me impresionaron. Ya sabía lo suficiente. Tiré la cajera a un rincón y volví a mirar el papel de aluminio que ocultaba el huevo: ponía "Kinder".
Esto me conducía a dos pistas: la conspiración templaria partía de Alemania (¿tal vez una conexión con los Caballeros Teutones?), y su objetivo era la aniquilación de todos los niños de menos de tres años, que se ahogarían comiéndose la diabólica máquina, después de haber untado sus manitas en el chocolate.
Un plan realmente sórdido, inspirado quizá por el mismísmo fray Jorge da Burgos.
# - Escrito por Fabrizio el 2004-12-07 a las 01:00
URL de trackback de esta historia http://fbenedetti.blogalia.com//trackbacks/24041