¿No habéis sentido alguna vez ira ante una nota de un examen o un trabajo?
Yo sí. Es tan sencillo percibir en la nota, en ese número que pretende juzgar la validez del conocimiento personal, cuando no la validez misma de la persona, una profunda injusticia. La injusticia es inherente a la nota, porque la nota es un juicio subjetivo, fundamentado en leyes casi siempre personales, en un criterio irracional, que se cree racional, sin serlo. El sistema tiene recursos limitados, y exige discriminar, valorar, separar. ¿De qué manera? ¿Con qué fundamento?
Tomemos una nota clásica, el 5. El aprobado por los pelos, la nota en el límite del suspenso (y por ende en el límite de la marginación, de la exclusión, del ataque contra el mismisimo ego). Con demasiada ligereza se asigna este número sin explicarlo. Quizá por pudor, el sujeto que examina y puntúa prefiere no entrar en excesivos detalles. O tal vez se trate de pura y simple pereza, puesto que la valoración es masiva, e implica la revisión de docenas de pruebas parecidas. Toda la validez del 5 descansa en supuestos inexplicados, en la merced del profesor, en las circustancias nebulosas que pueblan su mente.
A la nota le ocurre lo mismo que a cualquier otra clasificación o categorización que tiene por objetivo a un ser humano o sus productos. A nadie le gusta ser etiquetado, recluido en una ontología falaz de la calidad. Esto es así porque el ser humano es demasiado complejo, demasiado multiforme como para caber en la jaula valorativa de un juez. El juez, el académico, el profesor, lo desconoce todo acerca del sujeto que reifica mediante su fallo. El sujeto que juzga mantiene esas mismas distancia para poder llevar a cabo el acto de la valoración. Sería imposible, de hecho, darle una nota a un alumno que se conociera íntimamente. La frialdad del juez exige que la persona a juzgar se convierta en un objeto, en un punto numérico situado en algún sitio de una distribución de probabilidad.
La tosquedad del sistema ordinal empleado en las instituciones educativas se acentúa todavía más cuando una serie restringida de etiquetas léxicas se superponen a la cifra. ¿Qué quiere decir "aprobado"? ¿Es lo mismo "aprobado" con 5 que con 6.9? ¿Y "notable"? ¿En qué sentido destaca un "notable" con respecto a un "sobresaliente"? No se dice, se da por sentado. La escala viene dada a priori, se le suponen rasgos de exactitud y universalidad que no tiene, porque es un producto arbitrario - no lo olvidemos. A partir de aquí los problemas se multiplican.
Para empezar, se supone que la asignación de la nota se efectua mediante un procedimiento más o menos determinista. Esto puede ser cierto para exámenes o pruebas cuyo rango de respuesta sea muy limitado. Pero en otras, por ejemplo el clásico "examen de desarrollo", los pasos que se siguen en la corrección se ofuscan irremediablemente. ¿Es fiable la asignación de una nota en un examen de este tipo? Un solo juez acabará por cometer varias injusticias, y es inevitable. El mero orden con que corregirá las pruebas, o el momento mismo del día, sus circunstancias, como diría Ortega, pueden influir de manera decisiva en sus actos. Y no digamos ya cuando en su criterio confluyan consideraciones de índole personal, fruto del día a día con el alumno en el contexto de la clase.
La mala conciencia del legislador educativo ha engendrado el monstruo de la etiqueta añadida a la nota, de tal suerte que ahora todos pueden conocer - ¡aleluya! - el veredicto explícito, verbal, humanamente comprensible que hay que deducir de la puntuación numérica. Y así ocurre que la etiqueta léxica, el "aprobado", el "suspenso", el "notable", pierden sentido, porque son auto-referenciales, son una plétora de sonidos en relación biunívoca con rangos de números. En lugar de obtener una valoración más digna, más acorde con la comprensión humana, el estudiante debe conformarse con la cara muda de un dado, con el número escupido sobre un papel al lado de su nombre. Ningún vaticinio sobre el futuro de una persona ha sido jamás tan escueto y mísero como una nota.
Si con algo puede encontrar alivio la mente torturada del estudiante, el sujeto sometido a juicio, es con la revisión de examen, vana esperanza, espejismo psicológico en el que puede refugiarse una persona. La revisión de examen puede resultar aún más humillante, como la última arenga del condenado. Si hay suerte, si las dos realidades del juez y del imputado consiguen encontrar un lenguaje común, entonces es posible alcanzar un compromiso - jamás una victoria. Pues con los juicios ocurre lo mismo que con todos los productos de un ser humano, esto es, que son defendidos por su emisor como si su autoimagen dependiera de ello. Incluso si el estudiante tuviera razón, el profesor no dará brazo a torcer, porque se halla en una condición dialéctica de superioridad - es el "amo" hegeliano. A menos que el profesor sea capaz de notable honradez intelectual, es infrecuente que rectifique y admita su error.
Y entonces es cuando el estudiante debe seguir empujando su roca por la cuesta, como un moderno Sísifo, héroe y víctima de un sistema absurdo.