En los 23 años que llevo de vida, he seguido a mi familia en siete mudanzas. Para encontrar esas siete residencias que ocupamos, hemos tenido que recurrir a un gran número de agencias inmobiliarias, visitando una cifra absurda de casas, pisos, tugurios, etcétera. En la escala Putten de Honradez Comercial e Inteligencia, diría que los agentes inmobiliarios se sitúan un escalón por debajo de los vendedores de coches, aunque siempre hay excepciones agradables. Aquí en el Levante, en particular, las agencias inmobiliarias brotan como hongos. Uno cierra los ojos, los vuelve a abrir, y ¡zas!, una agencia inmobiliaria aparece de la nada.
Son una plaga.
En ésta época en la que encontrar una vivienda a un precio razonable es posible únicamente en el Desierto del Gobi, recurrir a una inmobiliaria puede convertirse en un asunto doloroso. Y no me refiero únicamente a la escasez de oferta, y a la irracionalidad de los precios, sino también a lo que uno ve. La ominosa tarea de voyeurista de ambientes, implica visitar hogares vividos, configurados y personalizados por otras personas que pueden ser, literalmente, de todo tipo. Algunos propietarios se preocupan por presentar el inmueble con una configuración lo más neutra posible, pero otros no.
- ¿50.000 euros por esta barraca?
- Es que le tengo mucho cariño...
- ¿Por qué no se la queda pues?
Se ve de todo, literalmente. En una ocasión visité un piso céntrico con los techos pintados en azul eléctrico y el dormitorio decorado con un enorme escudo del Madrid. Sin duda puede resultar simpático a según qué clientela, pero yo salí corriendo. Con la experiencia he aprendido a desconfiar de las ofertas en las que las únicas fotos disponibles son las del cuarto de baño y la cocina. ¿Alguien podría decirme por qué las inmobiliarias se empeñan en hacerle fotos a los baños y a la cocina? ¿Es que no hay más? ¿O lo demás no vale la pena fotografiarlo?
El tema de las fotos merecería un post aparte. En la mayoría de los casos, el cándido agente utiliza una cámara Polaroid, con lo que las imágenes tienen un fuertísimo regusto forense, como si hubieran salido de un tablón de corcho de C.S.I.. Uno espera vislumbrar algún que otro detalle morboso, como un pie, o un bote de mahonesa del 85. Las fotos tienen una gran importancia, pero sólo las agencias inmobiliarias para ricos contratan fotógrafos de calidad. El resto de mortales tiene que conformarse con interesantes vistas del bidet o de la taza del water. Sólo les falta un bonito precinto policial de color amarillo.
Voyeurismo decía. Pues sí. ¿No encontráis desagradable visitar el piso con el propietario viviendo aún en él? Se entiende que por necesidad esto pueda ocurrir, pero echa al traste cualquier posible valoración objetiva sobre el uso de los espacios. Lo más molesto es cuando el propietario o propietaria se empeña con ahínco por presentar el piso de forma atractiva, narrando detalles escabrosos que ningún oído quisiera escuchar jamás, bordeando el pantanoso terreno de la charla intrascendente, para caer finalmente en la ciénaga del lugar común. Encima los hay que te dicen lo que deberías hacer. Increíble.
- Mire, en verano aquí os montáis unas barbacoas de maravilla.
- Lo siento, soy vegetariano.
- Bueno, pues verdura a la plancha, jaja.
- Jeje. ¿Y esos barrotes de acero?
- Ah bueno, los hice poner aposta: es para que no entren los mosquitos... los hay gorditos aquí, jaja
- ¿Y esa enorme habitación pintada de negro en el piso de arriba?
- Es que cuando el chaval empezó a crecer tuvimos que darle más espacio antes de que pudiera invocar a Yog-Sothoth...
- Ahmm.
Esos silencios. Esos aterradores silencios cuyos protagonistas son, en el orden, el propietario mordiéndose los labios, el agente inmobiliario con el cerebro en stand-by, y el potencial comprador que hace como que le interesa, cuando en realidad está resistiendo estóicamente el impulso de correr fuera de la casa y gritar a pleno pulmón incoherencias en armenio; para desahogarse, no es por nada. Porque cuando uno ve algunas cosas, ni Lovecraft ni leches: puro terror primigenio.
A veces los inmuebles reflejan a los dueños. Ése es el problema.
Algunas personas tienen más dificultades que otras para encontrar una casa. Libros y películas, por ejemplo. La mayoría de los inmuebles no se han concebido para almacenar este tipo de objetos. El arquitecto de los pisos de Protección Oficial sabe que el 90% de personas tiene en casa las páginas amarillas, una biblia, tres libros de cocina, un revistero con prensa del corazón de los setenta, dos novelas de Agatha Christie, una enciclopedia tan vieja que según ella la guerra de Vietnam aún no ha terminado, y una miscelánea de libros del instituto.
Incluso en las revistas de arquitectura o decoración, los libros suelen ser una rareza: aparecen aquí y allá, gruesos tomos de Taschen o similar, apoyados sobre una mesa posmoderna, o llenando con desgana refinada las tristes celdas de una estantería de diseño.
Cuando le decimos a un agente inmobiliario la cantidad de libros, discos y películas que tenemos, no suelen procesar el dato. A lo mejor dicen cosas como "¡Anda!" o "Jaja", o incluso "Guau, ¿tantos?", pero en realidad se trata de respuestas reflejas. Contestarían lo mismo aunque se les dijera "Mire, necesito un piso para almacenar mi colección de estraperlos tegmentados"; lo único que quieren es sacar tajada de la venta de algún que otro piso. Y es perfectamente comprensible.
Otra característica típica de la búsqueda inmobiliaria es lo-que-no-se-dice™. Por ejemplo que cerca de la villa hay un campo de tiro; que los sábados noche una cohorte de zombies ebrios se pega una romería (es un decir) debajo de la ventana; que la tasa de robos en esa zona es la más alta de la provincia; que el agua del grifo podría matar ratas; que el gasto de comunidad supera el producto interior bruto de Lesotho; que el vecino del quinto es Hannibal Lecter; que pronto la bonita vista que se disfruta desde la terraza será brutalmente asesinada por la construcción de un palacio; etcétera.
Un consejo sobre todos los demás: si el propietario no consigue dar una explicación razonable de por qué vende su inmueble a un precio sospechosamente bajo, no os fiéis. En más de una ocasión podríais descubrir que pronto esa zona será expropriada por el ayuntamiento para construir un campo de golf, una urbanización, una calle, o lo que se tercie. Desconfiad de los propietarios tímidos y con mirada de ciervo asustado.
Sigh. Los esquimales lo tienen más fácil.