Ayer leí una noticia impactante: La policía mata a un sospechoso en el aeropuerto de Miami. El protagonista es un hombre con trastorno bipolar, Rigoberto Alpízar, en su viaje de Medellín a Miami. De repente, mientras discute con su mujer, afirma tener una bomba en su equipaje de mano. Los agentes federales que van de paisano le piden bajar del avión: y él, en plena fase maníaca, contesta huyendo. Le inmovilizan, él echa mano a su bolso, y un agente lo mata y remata con tres o cuatro golpes de pistola.
Cosas así no deberían ocurrir.
Para empezar, la protocolos de seguridad adoptados, además de estúpidos, parecen demasiado agresivos. Un filtro con un umbral tan bajo genera una cantidad inaceptable de falsos positivos (¿recordáis al brasileño asesinado por corretear en el metro de Londres?). Empecemos con un par de puntos que me llamaron la atención:
- El hombre afirma tener una bomba en el equipaje de mano: es obvio que tuvo que pasar un chequeo al embarcar en Medellín. Los agentes parecen ignorar este simple hecho.
- ¿Amenaza un terrorista con tener una bomba al haber finalizado el vuelo? ¿Vuela un terrorista solo? ¿Se comporta un terrorista de forma tan estúpida, con la cantidad de controles que hay?
El tema de la credibilidad de una amenaza es muy delicado, cierto. Pero sigamos con los hechos:
Los agentes le siguieron por el pasillo que une el avión con la terminal y le dijeron que pusiera su equipaje de mano en el suelo. Alpízar se negó y, según el testimonio oficial, avanzó hacia los policías "de forma agresiva". En ese momento dispararon contra él "dos o tres veces". La acción se tomó "en consonancia con el entrenamiento recibido por los agentes", siempre según la versión de Seguridad Nacional.
¿Qué hace un agente que teme por su vida? Es evidente: apunta a matar. Qué método más primitivo. Existen formas más caras pero más seguras de parar a un sospechoso. Balas de choque eléctrico por ejemplo (aquí está la patente). O dardos con neurotoxinas paralizantes y de efecto reversible, similares al curare que utilizan los indios de Amazonia. Otras medidas podrían incluir el uso de gas somnífero en el compartimento de pasajeros de un avión, o espumas pegajosas que bloquean la víctima (foam guns). El problema de estas armas no-letales es que son caras, aparatosas, y necesitan ser perfeccionadas. La vieja y tradicional bala de 9 milímetros es, sin lugar a dudas, más económica. Sin embargo, uno se pregunta qué es más importante: ¿la vida del sospechoso, o el precio requerido para inmovilizarlo?
Otra cuestión tiene que ver con la salud mental del interfecto que traemos a colación: ¿habría servido de algo que su mujer informase a la compañía aérea del estado en que se encontraba su marido? ¿No debería ser obligatorio denunciar posibles problemas psicofísicos antes del embarque? Al fin y al cabo un avión es como un submarino: un medio de transporte sellado, superpoblado y en un ambiente hostil. Nadie puede subirse a un submarino con una psicopatología tan peligrosa para los demás (recordemos que la fase maníaca del trastorno bipolar tiene índices de mortalidad elevados). ¿Por qué debería subirse a un avión un sujeto en semejante situación? Se trata de responsabilidad civil al fin y al cabo. Pero tanto da, el daño está hecho.
Mientras no se refinen las técnicas de seguridad, seguirán ocurriendo estos desastres.

