Aunque en el pasado haya mostrado cierta dureza hacia los conductores de los medios de transporte público (concretamente hacia los de autobuses), nunca he dejado de meditar acerca del significado, de la metáfora - si queremos ser poéticos, que entraña esta figura. Lo que en un principio se muestra como un quehacer banal y repetitivo, adquiere un tinte mitológico cuando se le analiza en profundidad.
Pues el conductor de transportes públicos no es ni más ni menos que un moderno Caronte.
A menudo he detenido mi flujo mental, sentado en el frío asiento de plástico del autobús urbano, para observar la persona del conductor, intentando columbrar sus pensamientos, haciendo hipótesis sobre sus procesos cognitivos y emocionales; es algo que hago también con taxistas, azafatas de caja, barmans, médicos y cualquier otra persona que preste un servicio a los demás.
El conductor de autobus, ya de por sí, tal y como se nos presenta a nivel sensorial, es una figura hosca, encorvada, silenciosa. En un principio no se le puede hablar (recuerden el clásico cartelito). Maneja con soltura el equivalente terrestre de una barcaza (el bus), llevando a su destino miles de anónimos pasajeros, todos los días. Y, como su equivalente arquetípico - el barquero del Hades, el conductor de autobus pide un simbólico peaje monetario, un óbolo. Nótese la similitud:
Caronte era el hijo de Érebo y Nix. Era representado como un anciano flaco y gruñón de ropajes oscuros y con antifaz (o, en ocasiones, como un demonio alado con un martillo doble) que elegía a sus pasajeros entre la muchedumbre que se apilaba en la orilla del Aqueronte entre aquellos que merecían un entierro adecuado y podían pagar el viaje (entre uno y tres óbolos).
Ahora bien, lejos de mí está la intención de darle a los conductores de bus un aura vagamente infernal, aunque sus condiciones de trabajo a veces inviten a pensar que hacen una tarea de mil demonios, o que su monotonía se asemeja a la de Sísifo. A diferencia de este último, Caronte es a fin de cuentas una figura libre, alma en pena, sí, sin duda, pero libre. Un asalariado de Plutón, llevando infinitos commuters de un lado a otro del río Aqueronte, en cuyas aguas todo se hundía. En el Canto III del Infierno, Dante describe el barquero del inframundo así:
Caron dimonio, con occhi di bragia
loro accennando, tutte le raccoglie;
batte col remo qualunque s'adagia.
Un demonio, y de ojos llameantes (bragia), agresivo con sus viajeros, que golpea con el remo en cuanto parecen relajarse. Pero también humano, y viejo:
“Ed ecco verso noi venir per nave
un vecchio, bianco per antico pelo,
gridando: ’Guai a voi anime prave!
Non isperate mai veder lo cielo;
i’ vegno per menarvi all’altra riva
ne le tenebre eterne, in caldo e ‘n gelo.
E tu che se’ costì, anima viva,
pártiti da cotesti che son morti’.”
Y he aquí, a la luz de estas reflexiones, que el trabajo del conductor de bus (o de metro) cobra un valor trascendente, meta-biográfico; pues es él quien posibilita, in nuce, las vivencias urbanas de miles de ciudadanos, transportándolos con sus pensamientos, delirios y aprensiones por el infierno (más bien purgatorio) de la vida moderna.
Y quien se retrasa, como en el mito, es echado por la borda.

