El representante árabe estaba furioso, encolerizado. Se le notaba en el rostro, rojo de ira. Mientras gritaba sus reivindicaciones movía los brazos en amplios arcos, con dramatismo.
- ¡La publicación de las viñetas ha sido un ultraje al Islam! Pedimos de inmediato que se cancelen de la faz de la Tierra, que los responsables sean entregados a las autoridades de nuestros países, y que el mundo occidental pida disculpas. O seguirán los disturbios y la jihad.
El embajador talantoso bebió un poco de agua y entrelazó las manos sobre una rodilla, sonriendo levemente.
- No me preocupan demasiado cuatro piedras lanzadas por desesperados, ni que bailen alrededor de banderas quemadas. Tampoco me preocupan demasiado sus amenazas insulsas. Verá, señor, en este delicado equilibrio geopolítico, nosotros necesitamos vuestro petróleo, y vosotros necesitáis nuestros bienes de consumo y nuestro dinero para seguir en vuestros palacios dorados. ¿Me equivoco?
- Yo...
- Existe algo que se llama "libertad de expresión". Algo a lo que probablemente el Islam estaba acostumbrado cuando vivió momentos mejores, hace siglos. En aquella época nosotros éramos los bárbaros. Ahora puede que la situación se haya invertido, por azares de la historia de los cuales, por desgracia, no soy responsable. Vivimos tiempos oscuros, señor, tiempos injustos. Soy plenamente conciente de ello...
- Mire, la sharia es muy clara al respecto...
- No me interesa la interpretación del Corán que hace su madrasa favorita. Esas leyes no se aplican en Occidente. No tienen ningún poder, ninguna jurisdicción sobre nosotros. Es inútil que me mire con odio, señor: si queréis formar parte de la comunidad internacional debéis respetar las reglas. ¿No le parece una petición razonable? ¿Jugaría usted al ajedrez conmigo si yo aplicara mi propio reglamento?
- Esto es demasiado. El Islam no tolerará más este comportamiento, esta desfachatez...
- ¿Islam? ¿Qué Islam? ¿Cree usted que habla en nombre de la Umma? Nadie puede hacerlo. No sois católicos. No tenéis una autoridad central en materia de fe. Sólo tenéis puntos de vista. Tenga mucho cuidado cuando habla en nombre del Islam, señor, porque podría encontrarse de repente muy solo. Su Islam no es más que una abstracción ideal. La mayoría de musulmanes sólo quieren vivir en paz. El terror les daña tanto como a nosotros.
- ...
- Puedo percibir su miedo. No se lo reprocho. Muchos de vuestros países están gobernados por dictadores y tiranos que consiguieron su poder gracias a la indulgencia de nuestras instituciones internacionales. Pero esto podría acabar... algún día. Puede ser que dentro de poco ya no necesitemos vuestro petróleo... O que vuestro pueblo se de cuenta de que no está gobernado por representantes elegidos democráticamente, sino por jeques fascistas que envían por las calles puñados de exaltados con AK-47 y niños forrados de explosivos.
- Es mi último aviso... o pedís disculpas, o...
El embajador se permitió una carcajada limpia, amistosa, casi paternalista. El representante musulmán perdió de repente el color del rostro.
- ¿O qué? Escuche, le explico lo que pedimos nosotros. Pedimos que sean aplicados los Derechos Humanos en vuestros países. Pedimos que se de un trato igualitario a la mujer. Que vuestros estados, si así pueden llamarse, empiecen a gastar dinero en instrucción y sanidad, y no en mezquitas de dieciocho quilates. Que haya democracia. Que adoptéis leyes modernas y racionales. Que se permitan las libertades más básicas. Que no exista la opresión, ni la persecución política.
- ...
- Entiendo que algunos grupos de poder de la industria le tengan cariño a sus representantes en los países árabes, y aprueben el statu quo. Por suerte nuestro país no tiene este tipo de intereses. Hagamos un trato, ¿le parece? Si ustedes siguen agrediendo nuestras embajadas con palos y piedras, pidiendo lo que usted me pidió, nosotros les exigiremos de inmediato la lista anterior. Y si no cumplen, señor, no serán piedras y palos lo que veréis llegar, sino un misil Tomahawk en el cuarto de estar de vuestro bienamado gobernante. No querrá que nos pongamos a susurrar delenda Carthago, ¿verdad que no?
El representante, pálido y tremebundo, jadeaba en silencio.
- Muy bien. Personalmente, doy por concluida esta amable charla: tengo cuestiones más importantes que resolver que la publicación de un puñado de viñetas satíricas. Y casi seguro que usted también. Podría empezar por ésto.
El embajador se levantó de la silla. Sacó un pequeño librito de un estante y lo hizo caer en la mesita de teca, justo delante del representante. El título rezaba: "Declaración Universal de los Derechos Humanos"...
[Este diálogo es completamente ficticio, y el parecido con personas reales o imaginarias es puramente casual. El embajador es de un país ficticio, así como el representante del país árabe (también inventado). El autor no se hace responsable de las opiniones vertidas por su amígdala.]

