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Cagontó.
Uno decide tomarse una pausa y el Destino, que siempre acecha, sirve en bandeja un contratiempo jugoso, de esos que da gusto comentar el en propio blog por la abundancia de significados ocultos y matices variados. Un evento en apariencia trivial que se vuelve una pequeña lección de vida en sociedad cuando se le examina en profundidad.
Esta tarde pillé el bus de la línea 81 de Valencia, como de costumbre. En una de las paradas de la Avenida Blasco Ibáñez sube una chica - elegante, gafitas, educada. Hasta ahí ningún problema. Es al comprobar que el bus no sigue su camino que los demás pasajeros nos damos cuenta de que la susodicha está gritando con la conductora. Mala señal.
No oí muy bien qué decían. La chica gritaba incoherencias acerca de puertas que no se abrían y buses que no paraban donde tocaba. La conductora pasaba de lo defensivo a lo perplejo, deseando quitarse de encima a la pasajera gritona. Me acerqué desde el culo del vehículo para ver qué ocurría con más detalle.
Hay dos clases de personas: las que se acercan para intervenir y las que se quedan calentando el asiento para ahorrarse disgustos. Yo pertenezco a la primera categoría, muy a mi pesar. Soy un masoca.
Volvamos al escenario.
Por un lado está la chica: pálida, neurótica, al borde del paroxismo. Nadie entiende lo que dice. Debe tener en el cuerpo el puto cabreo del siglo, o haber vivido un día más perro que el de un bombero de Chernobil. En un momento dado un pasajero intenta desplazarla del bus y ella grita que no la toquen. Insiste en saber el nombre de la conductora, para hacer una reclamación.
Intento hacer de mediador - pobre de mí. Ella apenas me escucha. Le pregunto si su intención es bajar o seguir el viaje. Al segundo intento me dice que quiere seguir. Le hago notar que su reclamación puede ser todo lo justa que quiera, pero que está interfiriendo con los planes de pasajeros inocentes. También le digo que no le hace falta el nombre de la conductora, que le basta con poner la línea y la hora.
Caso omiso. Nulo contacto ocular. Se mueve como un yonki en pleno pavo frío. Damelapasta, damelapasta.
Miro la conductora: está hecha un flan. Tiembla por los cuatros costados, se siente incapaz de seguir. Detrás de mí los pasajeros miran con la misma sonrisa morbosa que el ser humano utiliza en este tipo de ocasiones (la misma que se reservaba a los guillotinados, para entendernos). Le pregunto a la conductora, tocándole el brazo, si se siente capaz de conducir. Me dice que no. Está al borde del colapso nervioso. Me dice que quiere que la pasajera baje del bus. Le pregunto si le iría bien que yo llevara a la pasajera al fondo del pasillo, lejos de su vista. Parece decir que sí.
Me vuelvo para hablar con la chica. Sigue en sus trece. No quiere bajar, quiere el nombre de la conductora. La invito a seguirme al fondo del bus. Ella pide un bolígrafo. Se lo doy, a ver si el gesto disminuye su tensión. Ignora que con sus genéricas quejas acerca de derechos y deberes está jodiendo el plan de regreso de dos docenas de commuters. Su asertividad de ciudadana pasa a ser un acojonante despliegue de agresividad irracional.
Ése es su fallo: comportándose así se gana la antipatía de los pasajeros.
La conductora, en lugar de minimizar el accidente, le da volumen, chocando frontalmente con la pasajera. Cuando las dos alcanzan una masa crítica de hormonas ocurre lo inevitable: empiezan a insultarse a grito pelao. Abre el juego la pasajera. Sigue la conductora. Pocas veces he oído semejante cantidad de tacos en tan poco tiempo. Vuela algún "imbécil", algún "a la mierda", algún "ojalá te mueras", y finalmente el golpe de gracia, "nosequé tu madre".
La conductora pierde los estribos, entra en una especie de trance animal y se levanta para agredir a la pasajera. Lo intenta dos veces, pero un robusto campesino de la Huerta - mi improvisado asistente - la para en sendas ocasiones. La gente, excitada por el putiferio, mezcla risas nerviosas con insultos y comentarios de Coliseo. Está claro que el contratiempo les jode. La pasajera pierde popularidad por un tubo, y decide irse con ojos de felino herido. Nos dedica un dedo medio.
En ese momento llega otro bus de la línea 81, que ha sido informado de lo ocurrido. Abre las puertas para llevar a cabo un transvase de pasajeros. La conductora no puede seguir. Desconozco si ha sido la primera vez que le ha ocurrido algo así, pero me doy cuenta de que tardará mucho en recuperarse. Necesitaría tal vez un ansiolítico y un vaso de agua. Una ducha fría. La atención de un psicólogo. La dejamos allí, en su desesperación. Intuyo que pedirá una baja - y todo ello por una pelea poco trascendente.
En el nuevo bus los recién llegados se ponen a compartir experiencias con los demás pasajeros. La otrora anónima y alienada masa de ciudadanos de la metrópoli se enciende ante los eventos estresantes, interaccionando, mostrando su humanidad, dando fuelle a lugares comunes y sonrisas de conmiseración. Que si esa chica había tenido un mal día, que si tenía razón o no, que si hacía lo mismo con el panadero, el carnicero y el frutero lo llevaba claro.
La típica basura que se cuenta la gente cuando está nerviosa.
En la parada siguiente nos cruzamos con la chica, la pasajera histérica. Camina con rabia y altivez. Los labios apretados en una línea de odio. Me gustaría saber qué le pasa por la cabeza, qué frustraciones se cuecen en esa mente torturada. Bajaría únicamente para satisfacer esa curiosidad psicológica. Pero el tiempo apremia, y los trenes no pasan cada cinco minutos.
Cuando la muchacha en cuestión está a punto de subir en el nuevo bus, los pasajeros la abuchean y se mofan de ella - otro ejemplo de conducta grupal milenaria (reírse desde un puente de quien se ahoga entre cocodrilos es un deporte muy común). A pesar de la antipatía que genera, siento lástima por esa mujer tan poco diestra en el manejo de sus emociones, tan proclive a olvidarse de la lógica y tan poco empática.
Malditos problemas de comunicación. Por cosas así se declaran guerras.
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