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Es el arte lo que nos hace sentir pequeños e insignificantes, pensó Tibbs, asombrado.
Observaba, sumergido en el silencio de la iglesia, una enorme representación pictórica de San Miguel. El arcángel, rodeado por distantes explosiones nucleares, estrangulaba con una pesada cruz de hierro a Osama, el diablo. Tibbs se estremeció, como siempre, al ver el rostro diabólico del Enemigo, ese semblante de ojos acuosos al que le habían acostumbrado desde pequeño. El lienzo, una hábil imitación de Goya y El Greco, ocupaba una capilla entera.
A Tibbs le encantaba perderse en los detalles. A lo lejos, el ojo atento podía divisar una columna de marines alados. Y al otro lado, la Meca en llamas. El cielo anaranjado se abría en un haz de luz blanca justo encima de la frente sagrada de San Miguel, quien miraba hacia arriba con una sonrisa beatífica.
- "Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él."
La voz que resonó a espaldas de Tibbs era la del reverendo Rice. Debajo de la túnica antibalas había un hombre menudo, flaco. Su mano anciana descansaba con serenidad sobre la culata de su pistola de oro. Las balas eran de plata, bendecidas. Morir a manos de un clérigo aseguraba la salvación eterna, o eso decía el catecismo de Smith y Wesson.
- ¿Te gusta lo que ves, hijo?
- Sí. Cada vez que paso por aquí siempre contemplo este cuadro, - contestó Tibbs, en voz baja.
- ¿Qué es lo que buscas en él? - preguntó Rice, inquisitivo, mirando por encima de sus gafitas.
Tibbs no lo sabía. Miró hacia el altar, presidido por un Cristo de pie, en posición de tiro instintivo. Detrás de él, una cruz de madera con rifles de asalto clavados en las vigas. El clásico pergamino no ponía INRI, sino NRA. Tampoco sabía qué significaba eso. La fe no era un asunto de policías. La confesión, con todo, era obligatoria para cualquier miembro de los cuerpos de seguridad.
- Fuerza, tal vez, - contestó el inspector, recitando lo mejor que pudo lo que le habían enseñado en la escuela. Rice se percató de la nula sinceridad de la respuesta, pero ignoró ese detalle: que los fieles repitieran los dogmas no era algo particularmente malo. Era deseable.
- Sígueme, hijo.
Tibbs siguió al reverendo a través de la nave central, pasando por los bancos de acero, todos ellos dotados de una cajita en la que el fiel debía colocar su pistola. La misa no empezaba hasta que todos habían guardado el arma y el clérigo extraido del sagrario el vino y las balas de pan ácimo.
Llegaron al confesionario. El reverendo se acercó a la puerta y apoyó la yema del dedo índice en una superficie semi-oculta. Unos tenues rayos de luz cortaron el polvo en suspensión: escáner de retina. Una vez que Rice estuvo dentro, Tibbs se acomodó en el angosto espacio reservado a quien debía limpiar su conciencia. Si no quería que le retiraran la placa, debía hacerlo una vez al mes.
La ventanilla de cristal líquido - acorazada - perdió de repente su opacidad, dejando a la vista el perfil antiguo del preste. Tibbs se quedó en silencio. Las palabras le resultaban más difíciles de recuperar. Fue Rice quien rompió el hielo.
- Hijo... te recuerdo que aquí no hay dispositivos de escucha. La confesión es un acto privado. Los ciudadanos son más proclives a hablar cuando saben que nadie más escuchará sus fechorías... exceptuando, claro está, los ministros de la fe...
- El otro día tuve que llevarme el cadáver de un estudiante... hacía tiempo que no retiraba a uno...
El reverendo suspiró casi con alivio.
- La fe exige incluso el sacrificio de nuestra linfa más preciada... pero intuyo que hay algo más que te turba...
- Los padres de un colega mío, el capitán Quigley. Se suicidaron hace dos días, con sus pistolas, - dijo Tibbs, con voz monocorde y la mirada perdida en el vacío.
- Tal y como debía hacerse, - se apresuró a comentar Rice. - Lo justo y lo correcto. No irán al infierno.
- Supongo que ya estaban en él.
Se produjo una pausa incómoda, casi obscena. Bajo la luz de neón del confesionario, las ojeras de Tibbs parecían hondos cráteres.
- He tenido pensamientos impuros, padre. Pensamientos poco convenientes, - dijo Tibbs, con voz queda.
- ¿Qué tipo de pensamientos? - preguntó Rice.
- Pacifistas.
Otra pausa. Luego el clérigo estalló en una poderosa carcajada. El tono de voz se le volvió ligeramente frenético. Los ojos azules le brillaban como dos llamas.
- Insensato. ¿En qué pensaste? ¿Fantasías acerca de ciudades desarmadas? ¿Armas destruidas? ¿Paz y fraternidad? ¡Cursiladas inmundas! Aberraciones que debilitaron a nuestro país por demasiado tiempo.
Tibbs se quedó en silencio. El sacerdote aprovechó ese instante para pasar a una expresión de amargura ferina. Los pequeños dientes se hallaban apretados en una violenta mueca de rabia. Cerró los puños hasta que los nudillos pudieron divisarse bajo la fina piel.
- Es el camino incorrecto, hijo... la paz no lleva a ninguna parte... la existencia depende de los delicados equilibrios del poder, de la vida y la muerte... Dios nos dio las armas para ejercer Su Voluntad, no lo olvides. ¡Jamás se te ocurra olvidar algo tan esencial! - añadió el prelado, casi gritando.
- Sí, padre. Tenéis razón, - dijo Tibbs, cabizbajo. Una gota de sudor frío surcaba su frente.
- Eres un buen detective. He mirado tu historial, esta mañana. Te falta poco para un ascenso, y no seré yo quien te lo niegue; siempre y cuando abandones esas ideas estúpidas y destructivas, por supuesto. Me gustaría que lo entendieras, que lo aceptaras. Que salieras de aquí con una renovada fe en nuestros pilares y dogmas...
- Eso está hecho, - dijo Tibbs, sonriendo levemente. Rice enarcó una ceja, escéptico.
- En serio, - comentó el reverendo con tranquilidad, - he visto ya a demasiados policías como tú caer en las manos de los cruzados de la NSA. No es algo que quisieras experimentar, te lo aseguro.
- ¿Qué debo hacer, padre? - preguntó Tibbs.
- Rezarás diez padrenuestros. Y quiero que vengas a misa más a menudo.
Tibbs asintió, y se despidió cordialmente. Se alejó con paso seguro hacia los grandes portones, empezando a rezar mentalmente el primer padrenuestro.
Padre nuestro que estás en el fuego,
santificada sea tu arma,
venga tu reino,
hágase tu voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy la puntería necesaria.
Dispáranos por nuestras ofensas,
como nosotros dispararíamos
contra quienes nos ofenden.
Que la tentación venga a nosotros
y sea un blanco fácil y grande.
Porque tuyo es el reino,
tuyo es el poder
y tuyas son las balas,
ahora y por siempre.
- Amén.
Continuación de Balas III
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