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Cuántos matices en una sola persona. Cuánta riqueza. Cuánta complejidad - por ejemplo - en la mirada: primero dulce y serena; luego inquisitiva y dura, proyectada en planos infinitos, superpuestos. Una mirada profunda, una mirada que piensa. Ojos que acarician o golpean, pero nunca silenciosos, nunca apagados.
Detrás de esa mirada de Atenea no podía haber sino un intelecto portentoso, en extremo analítico, dolorosamente sincero, realista, acerado. Capaz de encontrar fácilmente fallos, errores, disonancias. Y, a la vez, renuente en hallar esperanza, felicidad y demás bálsamos para el alma. Alma torturada, la suya: un gran corazón atrapado en telarañas de tristeza y desesperación, tejidas por personajes inicuos, hacedores de injusticias manifiestas y crueles.
El observador atento aún podrá divisar, con todo, bondad y pureza, apoyadas en una sonrisa sencilla, benigna, deliciosamente anclada en comisuras níveas y pequeñas. Y cuando los labios se tienden en gesto abierto y espontáneo, dejando al descubierto el brillo de sus dientes, con facilidad el espectador se deja invadir por una ola de alegría instintiva, primaria, contagiosa.
Os diré que Ella es mi musa, sí, pero también mi guerrera. Y aunque a veces llore con la voz de Kundry o se mueva desconsolada por el mundo, cual Ofelia, sé que esconde en su interior la fuerza de una tigresa de ojos de jade. Es a ese repositorio oculto de energía que quien esto escribe - dentro de sus limitaciones - apela cada vez que surge una necesidad. A pesar de lo frágil que parezca su cuerpo entre mis brazos, con el corazón latiendo como el de un gorrión asustado, jamás pierdo el íntimo convencimiento de que me supera en fuerza y tesón.
Pues yo la amo: amo su complejidad, sus colores de crisálida tardía, la inminencia de su renacimiento, la energía que anuncia, la felicidad que precede. Amo su potencialidad, y su esencia. Amo su presente, perfecto e imperfecto, espinoso, carente de falsedad, vivo. Amo la aspereza de su rabia, y el sabor salado de sus lágrimas. Amo la dulzura de sus besos, el olor de su piel, la suavidad de su pelo. Amo, sobre todo, su espíritu: sensible e inquebrantable a la vez. Maravillosamente contradictorio, único, extraño, voluble, exótico, imposible, fuera del tiempo. El espíritu que me da fuerzas para seguir viviendo, para mirar hacia adelante y no caer.
Te amo, Estefanía. Por lo que fuiste, lo que eres, y lo que serás. Siempre.
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