Quien me conoce sabe que hay cosas que, con razón o sin ella, despiertan al proletario de asalto que hay en mí. Una de ellas, de entre las más poderosas, es la tomadura de pelo de quien vive creando arte, moda y decoración de ínfima categoría, vendiéndola con total tranquilidad, propagando basura olvidable como si fuera el fruto de años de esfuerzo conceptual y material, encarnando el estereotipo del imbécil que jamás se ha caído del árbol, que nunca ha degustado el sabor metálico de la propia sangre o del propio sudor. Gente que sólo ha visto los problemas en un libro, y que piensa en ellos de forma abstracta, lejana, desinteresada.
Está claro que es mi opinión, perfectamente discutible y no exenta de polémica. Pero tomad, por ejemplo, a Agatha Ruiz de la Prada y huestes similares de repijas (y repijos) que viven de un cuento hecho de amiguismo, empujones maritales y otras maniobras poco honradas. Como ocurre luego con muchas cosas, la mierda se convierte en aceptable - e incluso en algo deseable - cuando se hace rodar el tiempo suficiente por nuestras mentes torturadas. La cultura pop se nutre de sub-productos, a fin de cuentas. Infiltraciones, espumarrajos, burbujas intelectuales que se repiten en un estroboscopio consumista hasta obtener persistencia de visión.
La familiaridad hetero-impuesta hace así que los inmundos recortes preescolares de Agatha, por poner otra vez un ejemplo conocido, se vuelvan iconos inconfundibles, cotidianos, clásicos. Y ello se junta a un personaje, como siempre; en este caso una mujercita escuálida que juega a hacer de payasito retró. Y disculpen la dureza en el juicio estético: me la trae floja. Mas no sé de qué me quejo, ¡la gente compra esas cosas! También es cierto que es de lo poco que se ofrece. ¿Garbage in, garbage out?
Con todo, la proliferación de tanto excremento estético es una característica propia del siglo pasado: la banalización del arte, la comercialización de la personalidad, la separación de la techné (que perdura, por suerte, en arquitectura y en música), la repetición de la imagen ad-nauseam, el poder subliminal de mensajes vacíos. A veces no queda más remedio que buscar la esencia del arte en otros sitios: cómics, cine, publicidades, videojuegos - los sitios donde el artesano amateur del Renacimiento aún sobrevive, a pesar de haber cambiado el pincel por la tableta gráfica y la estación de trabajo.
Estoy divagando...
Veía hoy, en una televisión por satélite dedicada al life-style (ojo con el palabro), un programa centrado en el trabajo de un taller de muebles posmodernos. Para entendernos, muebles de rastro, basura reciclada, modificada con cuatro toques de escasísimo ingenio, vendida a un precio obviamente superior al original, con un trabajo y un esfuerzo mínimos. Por supuesto, las preguntas surgen automáticamente. ¿Es que acaso hace falta esforzarse y sudar para hacer algo digno de verse y comprarse? No. ¿Merece una crítica mejor el poema que se ha escrito manejando una azada? No. ¿Estrujarse las meninges debe ser siempre un paso necesario para engendrar algo decente? Tampoco.
Sin embargo, se agradece ver - no digo ya un despliegue de originalidad, sensibilidad y esfuerzo - sino, al menos, una pizca de humildad. Y es que mucho idiota, no contento con generar ruido, se jacta de ello, se recrea en el pequeño paraíso onanista que para el 99% de las personas no dejaría de ser el hobby del fin de semana. El destino quiere que algunas personas con demasiado tiempo libre conozcan a la gente adecuada en el momento justo. Y eso es suficiente para propulsar la mierda hacia una estratosfera de gloriosa actualidad, haciendo que se estampe en el firmamento de la cultura efímera y manoliente, del consumo nihilista, del mecenazgo inversor y rentable.
Pero qué voy a decir yo, que tengo un blog... :-)