Hace unos meses detecté ruido en la línea telefónica instalada en casa de mis padres. Ruido espeso, que dificultaba la conversación; a veces se oían trenes de pulsos intercalados, como si alguien estuviera marcando un número. El problema, obviamente, no se limitaba a la voz, sino que se extendía a los datos: el router ADSL de Ya.com, que hasta ese momento sincronizaba a la velocidad contratada, ahora no conseguía superar los 800kbits de bajada y los 256 de subida, con márgenes de ruido inaceptables.
Perplejo por la situación, contacté con Ya.com (marcando un simpático 902). Tras pulsar un combo secreto de teclas y aprenderme de memoria la última musiquilla de espera, me atendió un operador diciendo que contactara con Telefónica, que el problema no era de ellos. Ingenuo como soy, me lo creí.
Así que me puse en marcha, llamando el 1002 y comentando la situación. Telefónica ha mejorado su servicio, pero en algunos aspectos sigue dejando un poco que desear. Mientras algunos operadores del 1002 son razonablemente locuaces, algún que otro "ténnico" tiene serias dificultades para articular palabras con otro ser humano. Recuerdo todavía el androide cataléptico que me contestó una noche. Se quedaba en silencio durante largo rato, repitiendo información como un golem. No sé si es mejor eso o el capullo arrogante que me contestó cuando llamé a Sony. Tanto da.
La primera vez vino un técnico a instalar un splitter, un cacharro de 70 euros que sustituye al PTR clásico, dividiendo el cable telefónico en uno para datos y otro para teléfono. Se supone que eso limita enormemente la colocación del router, además de proporcionar ventajas marginales, como la supuesta reducción de ruido, evitar el uso de filtros, etcétera. Yo estaba en Almería, así que no pude supervisar la instalación del engendro. Ni que decir tiene que el splitter no resolvió el problema.
Intrigado, hice pruebas por mi cuenta: desconecté todos los aparatos, probando a enchufar el router directamente al splitter - antes había hecho lo mismo con el PTR. Seguía sincronizando por debajo de 800kbits (siendo 2mbits la velocidad de sincronización contratada). No parecía ser un problema de instalación, ni de cableado. Volví a llamar a Ya.com. Siguieron sugiriéndome que hablara con Telefónica. Y yo, obediente e ingenuo, acaté la sugerencia. Una serie de surreales llamadas al 1002 contribuyeron a hacerme perder la paciencia.
Pensaba que el problema tenía que estar entre la casa y la central de Telefónica, ya que en la central se había comprobado todo lo comprobable. Ahora bien, cada vez que se llama al 1002 toca repetir el problema al técnico de turno. Si no es un paleto, se le puede explicar todo en dos minutos. Si hay mala suerte, entonces hay que decirle que no, que el ruido no viene de un inalámbrico, que la tostadora encendida no está en la bañera, que sí se pueden hacer llamadas - de otro modo no estaría hablando con usted, etcétera. Divertido, cuando dura menos de media hora. Frustrante cuando toca hacerlo media docena de veces.
El domingo por la mañana, de forma totalmente inesperada, llegó un técnico. Uno. Chileno, creo. Según entendí, su jefe no estaba, él se aburría, y vino cuando tenía un rato. Hizo un par de pruebas en casa, y decidió que se trataba del "par de cobre", un misterioso artefacto que - descubrí más tarde - resulta vital para que la línea funcione y esté coleando. Así que necesitaba encontrar la caja de conexiones. En una finca nueva, grande como una manzana entera, y con seis o siete escaleras, encontrar una caja en concreto no resulta fácil. Él no sabía dónde estaba. Uno pensaría que Telefónica sabe donde están sus cajas, pero a menudo no es así.
Acompañé al técnico dominguero por toda la manzana y por las dos plantas del garaje, explorando en busca de tuberías significativas, rastros telefónicos, y cualquier otro indicio que nos permitiera identificar la localización de las arcanas cajas de conexiones, vestigio de la olvidada tecnología imperial. No encontramos nada, y él no tenía ni idea de dónde estaba la caja. Pensé que era magnífico que en el siglo XXI una multinacional telefónica no dispusiera de un mapeado completo de sus nodos urbanos, excepto rumores transmitidos oralmente y papeles amarillentos arrugados. Fascinante, en serio.
Convencido de que el problema estaba en el par de cobre, me aseguró que volvería el día después con refuerzos y se pondría manos a la obra. Que no hacía falta que yo me molestara: lo harían todo ellos y me lo confirmarían por teléfono. ¡Brillante! Pero, como he dicho, peco de ingenuidad. ¿Adivináis qué pasó? Exacto, no pasó nada. La noche del día después, el ruido seguía allí, y nadie me había llamado. La mañana siguiente, al borde del paroxismo, llamé al 1002, procurando ser muy claro. La conversación fue más o menos así:
- 1002, diga
- Hola, es referente a la reparación de una avería... tengo ruido en la línea...
- ¿Cuántos teléfonos tiene en casa?
- No. Verá: ya sé que NO es un problema en mi casa. No hace falta que enviéis un técnico a casa, ya ha venido y no ha resuelto nada. La comprobación es exterior; un técnico me dijo que se trata del par de cobre. Ya estoy un poco harto, así que a ver si de una maldita vez enviáis a alguien a que cambie el maldito par de cobre, ¿ok?
El técnico balbuceó excusas en rético - o era dálmata, no estoy seguro. El día después me contactó al móvil otro sujeto de Teleco, empresa subcontratada. Llegó el día después, acompañado por un ayudante peruano, el fiel Elwyn. Como en la mejor tradición de las películas de tipo buddy movie, el jefe se mostraba seguro de sí mismo, y el gregario deseoso de aprender y acumular conocimiento, aunque no pasara de pelar cables y hacer observaciones de efecto homeopático. Se pusieron a hacer pruebas en casa, para desesperación mía y de mi madre, que detesta que extraños entren en casa con gruesos zapatos de obra.
Yendo de arriba para abajo, fueron comprobando la calidad de la línea con aparatos que, según me confesó el jefe, habían comprado ellos mismos para resolver mejor las papeletas. Después de media hora no tenían claro aún el motivo de la avería, lo cual me hizo pensar que estaba presenciando un episodio de House (si House hubiese trabajado en AT&T, claro). Confiando en lo que me dijo el Técnico del Domingo, pedí que tomaran en consideración el tema del par de cobre y la caja. Armados de llaves, empleamos una hora en encontrarla. Hallamos - eso sí - todas las demás cajas antes de dar con la buena. Elwyn se frotaba las manos: todo estaba resultando tremendamente instructivo.
De la caja sólo tenían la dirección, pero nada más. El jefe mencionó por lo bajini algo acerca de "mumblemumble localización central mumblemumble", mas no consiguió impresionarme. No a esas alturas. Pregunté a un vecino experto, ex-jefe de escalera, y éste supo indicarme el lugar exacto, sin equis y sin nada por el estilo. Una anónima puerta cortafuegos se nos había escapado. Nada más acceder al santuario, dotado de un tubo fluorescente, pude contemplar con éxtasis las entrañas de la caja de conexiones: un entramado de primitivos y vulgares bloques de plástico con tornillos y cablecitos. Realmente puntero.
Tardaron media hora en ir a la central y cambiar el par de cobre. Eso no pareció resolver la situación, y el técnico-jefe no creía, de hecho, que se tratara del dichoso par. Siguieron otras pruebas diagnósticas, durante las cuales Elwyn aprendió a reorganizar el cableado conectado al splitter. Pasada la publicidad, Tele-House dedujo que se trataba del router, el jodido router: si se quitaba, la línea era perfecta, limpia. Si se volvía a poner y sincronizaba, reaparecían las sierras siderales. Tal vez un relámpago había frito algo en sus entrañas.
Yo pensando que Telefónica tenía la culpa, y no: la culpa era del hardware más complejo, el router que pensaba tener bajo control. Ironía de la vida.
Conmocionado por las peripecias, el dúo dinámico se despidió de mí. Cinco minutos después llamaba a Ya.com, pidiendo un router de repuesto. Para mi sorpresa - ¡ingenuo, ingenuo! - no protestaron, sino que tramitaron raudos el envío de otro cacharro. "Una semanita", dijeron. Quince días después, es decir hoy, llega el "nuevo" router.
El Nuevorouter™ era, en realidad, un 3com bastardo, reciclado. La parte inferior, desatornillada, se abrió ligeramente nada más sacar el aparato de la caja; como una mandíbula de calavera, sí. Al enchufar el router y acceder al panel de configuración, descubro que no se han tomado la molestia de resetearlo: aparecen los datos de conexión de un pobre sanlázaro asturiano, algún desesperado que lo probó y lo devolvió, tal vez antes de mudarse a países que tienen ofertas de conexión de las de verdad. Resulta que Nuevorouter™, de hecho, no funciona. Ni siquiera sincroniza. Eso sí, el ruido de la línea, desaparecido.
Ahora dispongo de una amplia gama de routers lisiados a mi disposición. Uno emite ruido como una petarda, el otro es un autista que no sincroniza con el hermoso mundo exterior. Ya que me gusta coleccionar routers, he vuelto a llamar a Ya.com para que me envíen un tercero. A ver si, como dice el refrán...

