Conozco a una persona que conoce a otra persona. Eso sirva de premisa.
Esta conocida de segundo grado es inmigrante, esto es, una persona de un país extracomunitario. Uno de los países del Este europeo que pronto se integrará a la más civilizada unión de naciones que la humanidad haya conocido jamás - por lo menos sobre el papel, claro. Esta mujer, que por razones de practicidad llamaré - en adelante - Katiusha, está en posesión de un título universitario en ciencias, del área biológica. Desconozco el nivel general de la enseñanza universitaria en los países del Este, pero no tengo motivos para poner en duda su calidad, más aún viendo cómo está el panorama en otros países de la UE. Durante un tiempo, la educación universitaria de la mujer fue un hito importante en los países del Pacto de Varsovia, y ahora vuelve a ser amenazado por el regreso de valores nacionales de dudosa calidad, especialmente en los Balcanes.
Pero estoy divagando. A lo que iba.
La amiga de primer grado me contó la situación de la de segundo. Lo típico: llegada a España, muchas ilusiones, trabajos de limpiadora - o lo que se tercie, cuando lo hay - sueños en el cajón, problemas de integración, etcétera. Más allá de la lástima que me produce saber que una mujer formada tenga que dedicarse a trabajos que no le permiten poner a prueba sus conocimientos - sino de una manera muy tangencial -, lo que me irritó fue la continuación del relato. La amiga de primer grado intentó ayudarla a seguir con sus estudios en un centro de investigación, apuntándola a un programa de doctorado en el que - a trancas y barrancas - consiguió superar una parte importante de créditos de docencia de primer año. Por motivos que no me son claros, Katiusha dejó el doctorado, y tras algunas vicisitudes se casó y tuvo un hijo con un típico especimen de su país, el macho balcánico con exceso de gomina y BMW trucado. Mal, pensé, muy mal. Pero pase: la gente hace con su vida lo que quiere (sí, es una frase hecha en la que no creo).
Total, que el otro día mi amiga de primer grado se interesa por su situación, ya que la chica en cuestión ha venido a verla de forma apresurada, con su pequeño bebé. Le pregunta por sus intereses de recherche, y la chica no parece convencida: tiene un gracioso retoño, y en su área se las ve canutas para pasar 12 horas en un laboratorio y criar a un hijo al mismo tiempo. Mi amiga de primer grado es persona testaruda: hace unas cuanta llamadas, y consigue comunicar casualmente con un personaje importante del mentado centro de investigación. La narración que me hará más tarde de esos mismos hechos no tiene desperdicio. El miserable en cuestión, haciendo alarde de una arrogancia desmesurada, tilda a Katiusha de "cognitivamente no apta", "inútil para la investigación". En resumidas cuentas, pinta una caricatura de Katiusha como retrasada mental, incapaz de hilar el más mínimo pensamiento científico por culpa de su intelecto limitado, diciendo que - menuda bondad - hicieron lo posible para cuidar de ella, dánndole nada menos que varias becas. Más tarde sabré que la beca sólo era una, y no cubría la totalidad de la matrícula.
He estado mirando por ahí: resulta que este cenutrio ha acumulado en los últimos años dos o tres publicaciones de escaso impacto. Lejos de sorprenderme, constato con tristeza que en este país la arrogancia abunda, y se sustenta a menudo en el vacío absoluto, en la oquedad del CV, en la solidez de sillas inamovibles y cómodas. Gentuza de esta calaña calienta a diario puestos que deberían pertenecer a investigadores de primera calidad, y el desastroso resultado para el país consiste en un nivel ínfimo del I+D. Y es que aún tolero que haya adoquines callados; lo que uno encuentra excesivo es el membrillo parlante y tunante, el redomado imbécil con birrete, el académico que no ha pegado un clavo en su puta vida. Es el efecto pernicioso de la acumulación de fallos en el sistema, la inercia del funcionario medio, el politiqueo con regalos, y una serie de etecés tan larga como manida.
Por lo que se refiere a lo que hay que tener como investigador: ser brillante no es más que una pequeña e insuficiente parte. Por lo que yo sé, para ser investigador - y no hablo de un título para poner en la placa del despacho - hace falta echarle tres litros de agallas frescas, una paciencia sobrehumana, contar con un fuerte apoyo social, tener una pizca de suerte, ser un mago del auto-control, y poseer un moderado masoquismo - ingredientes todos ellos que son también propios de los mejores mayordomos británicos. Está claro que generalizo: existen contadas excepciones (autistas, gente que ha nacido con un trébol de cuatro hojas en el culo, Jack Bauer, etcétera), pero en España - y otro países, hace falta tener de todo menos intelecto, que ayuda fundamentalmente a que te envidien, te maltraten o se aprovechen de tu trabajo. Si bien yo no pueda quejarme, y carezca de varias de esas cualidades que enumero más arriba, reconozco que el camino es de rosas tan sólo en la parte espinosa.
Los pétalos, amigos míos, hay que buscarlos donde el viento se los llevó.