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Una parte importante de mi día transcurre en el tren Cercanías, el segundo hogar de todo commuter (en italiano se dice pendolare, y en castellano, a falta de una palaba equivalente, se expresa como "tipo chungo que viaja para ir al curro" - con o sin maldiciones en arameo).
El susodicho tren no es más que un conjunto de vehículos rojiblancos de aspecto espartano, un armatoste de principios de los noventa que concede muy poco a la comodidad. No digo que sea como viajar en un convoy de la revolución mejicana, pero los asientos no son precisamente el no va más de la ergonomía cular. Es un tren que ha sido pensado para durar, para trayectos de no más de una hora, y para cargar a un montón de gente. La tapicería, con sus motivos de sopa de arcilla y gusanos, podría haber sido mejor, concedido, pero no vamos a pedir el color pitufo de los Arco, ¿verdad que no?
En el Cercanías, la convivencia es lo más difícil.
Para empezar está la gente que apoya los zapatos en el asiento. Los vagones rebosan de discretos - invisibles - cartelitos que prohiben de forma ambigua ese acto de poco civisimo. Tolero que alguien apoye los pies sobre un periódico gratuito, o que se quite las alpargatas antes de tender sus piernas entre el barranco exiguo de los asientos; pero que la gente apoye con tranquilidad sus suelas mierdosas en el revestimiento de los asientos, aunque mejore su cromatismo, no es higiénico. No entiendo por qué ocurre. No parecen pensar que luego ahí tiene que apoyarse un trasero.
A veces me divierto a sentarme donde alguien pone los pies, simplemente para que los quite. Sadismo propio de Juez Dredd (en chiquitín), pero es una forma silenciosa de decirle a uno que retire las patas. Otras veces se lo digo directamente, o se lo hago notar con educación - incluso a la manera socrática ("¿Por qué crees que está ahí ese cartelito? [Sonrisa adorable]"). Casi siempre ha funcionado. Cuando pasan revisores y agentes de seguridad, los pies se retiran como por arte de magia, para volver luego a sus perchas como obedientes palomas amaestradas.
Una vez, unas chicas del Puerto de Sagunto - unos 16 años habrán tenido - se pusieron a discutir conmigo acerca de lo que podían o no podían hacer con los asientos. Tenían una concepción muy peculiar de la propiedad pública, que consistía en que podían estropearla a placer como si fuera suya. Debo confesar que en ese momento me sentí como Giles rodeado de vampiresas inexpertas, pero la coquetería de sentirme un profesorcillo era impagable. Además, para más inri, una me metía el pie en la cadera con insistencia, a intervalos regulares, la muy cabrona. Pero resultó instructivo. En aquella ocasión las convencí y todo para que se metieran en alguna FP y no dejaran los estudios. Soy una mala influencia.
A lo que iba.
Más allá del problema de las suelas en la tapicería, el tren ofrece otros espacios de mutua incomprensión y conflicto. Resulta particularmente insoportable cuando alguien se sienta no muy lejos y empieza a hablar por móvil en voz alta. Hablar por móvil en voz alta es algo que nunca he comprendido, ya que los micros amplifican lo suficiente cualquier emisión vocálica. Concedo que yo en esto exagere y comunique cual ardillita afónica, pero la naiveté del que grita en el trozoplástico para que el tito Paco le oiga más fuerte es intolerable. ¿Y qué decir de los temibles grupitos de adolescentes de risa asinina? ¿Y de las marujas verborréicas? Afortunadamente para esas cosas existe el iPod, el aislante social perfecto.
De los baños, mejor no hablar. A menos que sea el primer tren de la mañana, acostumbran ser cloacas químicas que huelen a fumadero ilegal, y demuestran la teoría según la cual mear dentro del tiesto estando en un tren que traquetea requiere la precisión de un cirujano. Por lo que se refiere a la música, la situación ha mejorado bastante, pero sigue siendo un hilo musical de lo más discreto, con ocasionales ramalazos frikis que sacan a la luz la personalidad del conductor - quien, me imagino, trae el CD desde casa (pero no lo sé a ciencia cierta). Tomar el tren el lunes por la mañana acompañado por la Marcha Fúnebre de Sigfrido es una experiencia mística que nadie debería ahorrarse.
Otra cosa de las que se oyen es, obviamente, la voz que anuncia las paradas. En los trenes valencianos es la de una petarda de la Huerta que fuma dos paquetes de Camel al día, y anuncia "Burriana - Alquerías del Niño Perdido" con la satisfacción orgásmica de alguien que acaba de sentarse sobre un pepino por error. Después de tropecientos viajes uno ya no le hace ni caso, excepto cuando su voz de mujerona de Museros irrumpe en medio del segundo movimiento de la Quinta de Beethoven. Tan oportuno cuan doloroso. Por eso prefiero guiarme por el letrero de LEDs rojos, mucho más informativo y coartada perfecta para mirar algo que no sean rostros humanos.
Ah, los rostros.
Soy un psicólogo experimental y, por ende, un voyeurista de las expresiones humanas. Me recreo a menudo en la galería de caras de purgatorio del vagón, algunas de las cuales ya conozco. Intentar leer sueños y emociones, deporte parisino por excelencia, en Valencia se convierte en un fino trabajo de pico y pala, rebuscando con escasa elegancia en medio del mutismo y los ceños fruncidos o dormidos del personal. Ocurre a veces que me enamore de unos ojos, o de unos labios, pero luego todo se esfuma en la improbabilidad, en la certeza de que las serendipias sentimentales no existen, en la timidez, etcétera. Especialmente en los autobuses, donde el baile de miradas y el bamboleo de los cuerpos nos convierte a todos en pájaros de una jaula acristalada: silenciosos, risueños, vagamente tristes.
Córcholis. Estaba hablando de trenes y ya me he perdido...
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