|
Durante mi vagabundeo por la oscura e infinita columnata que es mi presente, hundida en una negrura espesa, amniótica y abismal, muy pocas veces tengo la ocasión de topar con una nueva fuente lumínica.
Cuando no son destellos lejanos, son meros fosfenos, proyecciones de mi córtex visual. Pero a veces - digo - veo una luz auténtica, un destello vivo que surca la gelatina fría y gris de mi mente, la corta, atravesando mis trayectorias erráticas, hundiéndose en mi retina para quedarse allí.
Ocurrió ayer. Vi un destello próximo, azulado, vagamente amistoso. Me fui acercando a esa fuente de fotones, como un pez de las profundidades, y conforme atravesaba la distancia sentí irradiar desde el foco un calor nuevo, armónico, musical. Sí, en la oscuridad es fácil experimentar sinestesias.
Puede que no signifique nada. O todo. Que mañana ese contacto sea barrido por un viento nuclear. O que su calor siga aumentando hasta que se inicie una reacción en cadena. Puede perderse, desintegrarse en esta agua pesada. O, por el contrario, persistir. No sé qué pasará con este precioso fulgor de cobalto.
No voy a alejarme, por lo pronto, de este sitio. Puede que sea masoca, pero no soy idiota. Y si me disuelvo, paciencia: habrá pasado en un lugar más agradable.
[Escuchando The Invisible Man - Marillion]
|