Qué día más interesante.
Subo a las 20:30 en el Cercanías, para volver a casa. Subo con mi habitual cara de seriedad, vestido de negro, con mi mochila negra y mis gafas negras. Y, en cierto modo, no me sorprende que la gente me mire o no se siente a mi lado. Confieso que en ello escondo cierta coquetería apocalíptica. El caso es que tomo asiento y me dispongo a cerrar los ojos y escuchar música, como siempre. Constato, nada más apoyar el trasero, la presencia de dos chavales al otro lado del vagón. Uno viste a la manera punki, sin saber que hace 30 años que esa moda lleva muerta, enterrada y descompuesta. Su amigo y él se pasan una litrona, la botella marrón y deforme que es el preludio a una borrachera barata. Beben y beben. Ni para drogarse tienen estilo. El punki alterna eructos a frases ininteligibles. El compañero, pasivo, asiente abobado.
Cuando el tipo sube sus pesadas botas en el asiento de enfrente, me quito un auricular. Dejo pasar un minuto, dos, titubeante. A veces tolero que alguien ponga los pies encima de un periódico, o en el espacio entre los asientos; a veces pido con cortesía que el personaje de turno baje sus pinreles, indicando el cartel de prohibición. Normalmente funciona. Supongo que lo hago por una mezcla de rabia, sentido cívico y mala leche. La de poner los pies en el asiento es la moda de los trenes Cercanías, y yo la odio. El sujeto no quita sus suelas del revestimiento gastado, se queda igual. Me acerco entonces con la cabeza y le pregunto si, por favor, podría quitar los pies. Se lo pregunto con cortesía, mirando por encima de las gafas. Un corderito no lo habría hecho mejor.
El imbécil deja colgando sus numerosos piercings y me mira con ojos vidriosos. Eructa. Y luego me pregunta que por qué. Le hago notar que no es higiénico, y él dice tener las botas limpias. Sonrío. Su compañero, más sensato, no dice nada; no bebe siquiera. El punki sigue en sus trece. Le hago notar que si pasara un controlador, éste le pediría retirar las piernas. Me lanza la pregunta retórica ("¿Eres un controlador?"), y yo respondo que está dañando propiedad pública. Con sus pocas luces, el otro replica que "el público le importa una mierda", y pone los pies de forma aún más descarada sobre el asiento. Le dedico una sonrisa torcida: "Uuuh, qué rebelde". Él se queda perplejo, pero no quita los pies. Un litro de cerveza y ya está borracho. Parlotean sobre liar un porro y les digo que hagan lo que quieran. No es la época adecuada para los duelos con espada y pistolas.
Como era de esperar, nadie en el vagón dice nada. No quieren problemas: algo humano y comprensible. Un yuppie junta los dedos de las manos y se pone a meditar - buen chico. Llega el controlador con su chaqueta y corbata, nervioso. Los chavales no encuentran el tiquet. Litrona a la vista. El controlador les ordena bajar los pies, y les advierte de la eventualidad de que llame a la Guardia Civil. Temeroso de la autoridad, cual corderito, el punkarra baja los pies. Ocurre a menudo: el cretino desafiante lo es en ausencia de la ley, pero ante ella obedece como un niñato acojonao. El controlador se va y él vuelve a poner los pies arriba. Acto seguido refunfuñan acerca de lo mierdoso que es viajar en tren, y no consiguen encontrar el servicio - a pesar de que se lo indique dos veces. Concierto de eructos. Su amigo parece haber recobrado un aliento de sobriedad y se hunde en el mutismo avergonzado de quien acompaña a un idiota.
Cambiemos ahora de situación.
Vuelvo a casa y mi madre me cuenta otro hecho sorprendente: esta mañana iba con una amiga en coche y, al parar en un cruce, ocupó algunos centímetros del paso de cebra. Pasan dos mujeres con sendos carritos de bebé y empiezan a gesticular hacia mi madre. Ella baja la ventanilla y las dos mamás empiezan a lanzar invectivas, a amenazar con llamar a la policía. El desconcierto se apodera de mi madre y su amiga. Al pasar el semáforo a verde, mi madre sigue su camino. Más tarde se cruzan con esas dos no-tan-jóvenes hembras de Homo Sapiens, por la acera. Éstas reanudan su ataque agresivo, insensato: no sólo llaman a la policía nacional, sino que instan a mi madre y su amiga italiana a no moverse. A la amiga le dicen que se calle o que hable en castellano. Llega la policía, alarmada. La sorpresa de los agentes va en un aumento conforme oyen el relato.
Obviamente no ocurre nada. Los agentes retienen las risas a duras penas. Les dicen a las dos portadoras de carrito de bebé que se calmen, que tendrían que haber llamado a la policía municipal (al ser un "problema" de tráfico). Luego una de ellas se inventa que mi madre ha intentado darle dinero para sobornarla, y el policía suelta una carcajada: "dar dinero no es un crimen". Mi madre se aleja, dejando a los perplejos agentes en compañía de las dos mujeres de histeria fácil.
Ambos casos, el del punkie falsamente rebelde, y el de las dos mujeres-caniche, vienen a indicarme lo precario que es el equilibro social. El punki del episodio, en el fondo, es el menos grave: estaba borracho, y era relativamente inofensivo. Es fácil transgredir en las pequeñas cosas, y aún más fácil ser un cobarde. Lo difícil es ser un revolucionario. Tampoco se le pueden pedir peras al olmo, es cierto. Hay un montón de gente que se pasa por el forro los derechos más elementales, o que se cree con libertad, como dijo el tipo, de poder hacer lo que quiere por el mero hecho de pagar un billete de tren. En esos casos, poco se puede hacer. Buscar el diálogo fue inútil.
Como lo fue también en el segundo caso, en el que las dos mujeres con carrito de bebé creían estar en posesión de algún tipo de poder legislativo. Es una lástima que no hubiese podido presenciar ese acontecimiento: me hubiera relamido, las hubiese bombardeado con preguntas incómodas acerca de la pobreza y vacuidad de sus vidas de conejas consumistas, de empujadoras de carritos de bebé, de histéricas redomadas, desperate housewives víctimas de los clichés sociales, del "se me pasa el arroz" y de las publicidades de potitos. Será que me estoy volviendo sádico, pero no soporto ese espíritu del "usted no sabe quien soy", del "apártese de mi camino". Como si tener un carro o una pegatina de "niño a bordo" otorgara automáticamente prerrogativas superiores. Qué tristeza de mujeres, ahogadas entre juguetes Fisher-Price y colonias Nenuco, venenosos vientres andantes que criarán a sus monstruitos sin ningún atisbo de valores universales.
Es ignorar las reglas o inventárselas. Así estamos. Asco de mundo.