|
Querido Yo,
Te escribo para decirte que me voy. Que estoy cansado. A lo mejor podrías comprenderme, leer mis palabras, conocer mis pensamientos. Hubieses podido llorar más cuando yo me hice daño. Hubieses podido gritar de enfado cuando alguien me irritaba. Abrazado a quien yo amaba, y sonreído ante mis amigos sinceros. No lo hiciste, querido Yo, que no eres yo.
Apuestas demasiado amigo mío. Cada vez que haces algo, te dejas el pellejo. Te aferras al asidero más lejano, lanzas la mirada más allá de tus horizontes. Soy escéptico, me confesaste una mañana, ante un café sin azúcar. Mas no mientas, pues te he visto nacer. En tus ojos brilla la fe de un niño, y tu corazón late fuerte cuando surge en ti una idea. Vives de sueños, y con ellos tropiezas. Una pesada carga para tus robustas espaldas. Eres un romántico, querido Yo.
Tarde empezaste a amar, sí, y de forma ingenua. El amor tiene colores que tú aún no puedes imaginar, o que sólo ahora empiezas a ver. Joven daltónico, todo lo ves con un único matiz, alegre y hecho de esperanza. He visto como te deslizabas lentamente en el lodo de frescos recuerdos, tu cuerpo atravesado por negras flechas, tus ojos como charcos de agua turbia. Eres insensible al dolor, y a las derrotas. Mírate: pierdes cada vez más sangre, y tu rojo motor pronto dejará de encenderse para siempre.
Tus días son tristes, querido Yo. Estás solo en una multitud de solitarios, y no conoces la amistad. Te das a los demás sin pensarlo. ¡Insensato! Ahogas con tu generosidad a quien te rodea. Confías en todos, y dejas que todos beban de tu boca. Para todo, tienes buenas palabras y sonrisas. Nunca te enfadas, siempre buscas el compromiso. Todo acto ajeno lo interpretas de buena fe, y te acercas a los lobos sin temor, acariciándoles el pelo. Temo por tu vida.
¿Qué decir de tu sentido del humor? Manejas con soltura los cuchillos del sarcasmo y la ironía. Muchas veces hubiera preferido una frase directa, un insulto claro, explícito. Una onomatopeya lanzada a la cara, simples palabras para complejas situaciones. Mas no. Esta debía ser la parte más madura: manos que todo lo estropean y todo lo matan. Frases que se infiltran como veneno en la sangre de quien se te acerca. Silencios ruidosos que incomodan, miradas que dicen mil cosas. Enigmas.
No tienes otras defensas, sin embargo. Y estos mismos cuchillos, muchas veces, los diriges contra ti. Te hundes, y cavas en el suelo la primitiva tumba de tu alma. Te odias, hermano mío. No tienes orgullo, ni amor propio. Minimizas tus logros, y criticas severamente tus deseos. Atrapado bajo redes que tú mismo has tejido con años de autonegación, sigues sin embargo arrastrándote hacia el futuro. Tus pies son mis pies, y yo quiero seguir el camino. Cuando ha sido necesario, te he llevado en mis brazos. Pero ahora tendrás que caminar solo.
Yo que no eres yo, la hora de mi partida se acerca. Somos iguales y sin embargo diferentes. Sé que sonreirás al leer esta breve carta. No importa: estas líneas son un viajero que pronto o tarde llegará a buen puerto.
Adiós, Yo que no eres yo.
|